domingo , 13 septiembre 2026
el viento

Comentario Evangelio 16 de Agosto

«Mujer, ¡qué grande es tu fe!»
(Mt 15, 21-28)

Hna. Jacqueline Rivas, CS
Catequista Sopeña

Hay pasajes evangélicos “difíciles” y este es uno de ellos. Jesús se retira a la región de Tiro y Sidón, en pleno territorio pagano, y una mujer extranjera irrumpe con sus gritos, implorando compasión para su hija. La respuesta inicial de Jesús es desconcertante: un silencio denso, seguido de la resistencia de los discípulos y de palabras duras que suenan a exclusión.

Miremos primero la actitud de los discípulos. Ante el clamor insistente de la mujer, su reacción es eminentemente práctica y defensiva: «Atiéndela y que se vaya, que viene gritando detrás de nosotros». Es la tentación sutil que nos acecha con frecuencia: la búsqueda de la tranquilidad, el deseo de resolver los problemas ajenos rápidamente no por compasión, sino para quitarnos de encima la molestia.

Es en ese contexto donde resalta la figura de la cananea, quien se convierte en una auténtica maestra de oración y de fe. Ella no pertenece al pueblo elegido ni pretende tener derechos adquiridos. Su oración nace de la necesidad, del dolor y de la confianza ciega en que la bondad de Dios no conoce fronteras. Cuando Jesús le habla de la prioridad de los hijos sobre los perritos (no perros), ella no se ofende ni se retira con amargura. Al contrario, insiste humildemente, diciendo: «También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Y es aquí, donde este Evangelio nos desvela un mensaje importante. Jesús se deja tocar, cuestionar y mover por la fe de esta mujer pagana, hasta el punto de dejarse “evangelizar” por ella y terminar alabándola públicamente: «¡Qué grande es tu fe!». Esta mujer, alguien que está fuera de los márgenes sociales y religiosos, revela a Jesús la voluntad de su Padre, una voluntad inclusiva, y su deseo de que todos, sin excepción, entren a formar parte de la gran familia de Dios.

Vivimos en una sociedad plural y diversa, en la que se nos empuja a la polarización, a ver al “diferente” como un enemigo a batir, una amenaza de quien tenemos que defendernos o a, sencillamente, ignorarlo. Por eso, este evangelio es una buena noticia para nosotros, para nuestro mundo. Dios acoge a todos, escucha a todos y reconoce la fe sincera venga de donde venga.

Este pasaje también interpela nuestra propia fe. En ocasiones, el silencio de Dios, la escasez de frutos apostólicos o las dificultades de la misión pueden hacernos pensar que nuestras súplicas no son escuchadas. La mujer cananea nos enseña que la verdadera fe persevera incluso cuando Dios parece guardar silencio. La fidelidad cotidiana, la oración constante y la confianza humilde son el camino por el que Dios madura nuestro corazón.

Seamos nosotros hoy el rostro de Dios, un Dios Padre que acoge e integra a todos; seamos puente, lazo de unión, corazón compasivo, hogar que acoge y ayuda a formar la gran familia de Dios. Y, a ejemplo de esta mujer, seamos perseverantes en la oración, una oración desnuda, humilde y confiada.

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