viernes , 17 julio 2026
el viento

Comentario Evangelio 14 de Junio

Hno. Lino Miranda Castañeda, ofm

La liturgia de este domingo nos presenta este hermoso evangelio del envío de los Apóstoles para el anuncio de la Buena Noticia. El texto es de una tremenda riqueza para nosotros, religiosas y religiosos, quienes hemos respondido al llamado del Señor para hacer del Evangelio nuestra forma de vida y también para ir por el mundo compartiendo esta hermosa experiencia con tantos y tantas que nos encontremos por el camino. Este domingo se nos invita a recordar nuestra vocación y misión, pero también a renovar nuestra pertenencia a Jesús y a su sueño del Reino, pues queremos que otros puedan vivir lo que ya hemos visto y oído.

Jesús, el predicador itinerante, proclama el Reino con la palabra, pero también lo construye acogiendo, consolando y sanando a quienes va encontrando en el camino: rostros de hombres y mujeres concretos que en él ven esperanza y salvación. Es en el camino, en la itinerancia, en el encuentro cara a cara, donde Jesús se topa con la necesidad de sanar, consolar, acompañar… El evangelio nos da testimonio que sólo en el encuentro Jesús puede sentir “compasión” ante la fatiga y la aflicción de sus hermanos. Por ello, ante aquella necesidad tan imperiosa, enseña a sus discípulos a orar permanentemente para que Dios suscite en medio de la comunidad más trabajadores, pues para la cosecha que es abundante, son pocos quienes asumen esta misión, porque para responder a este llamado es necesario salir de uno mismo para centrar la mirada en aquellos que están a nuestro alrededor y a veces no todos están dispuestos.

Jesús encomienda a hombres concretos, con sus historias concretas, para que se sumen a su misión. Hombres disponibles, pero frágiles; con esperanzas, pero también inconsistentes; con deseos de un mundo nuevo, pero apegados también al que vivían… Seres humanos, como nosotros, que creyeron profundamente en el mensaje de Jesús, pero que de igual modo necesitaron de la asistencia de Espíritu Santo para seguir creciendo en su respuesta. Esto nos demuestra que, a pesar de todo, el Señor les tuvo una gran confianza.

Me gustaría compartirles, hermanas y hermanos, unas palabras de un hermano menor quien tuvo la misión, hace más de veinte años atrás, de animarnos en el camino de minoridad a todos los franciscanos del mundo… Decía así: «¡Quién puede decir las maravillas, los milagros que Dios haría con nosotros y a través de nosotros si, como Francisco de Asís, osáramos poner en Él toda nuestra confianza! Dios nos tiene una confianza increíble, no obstante nuestra fragilidad, nuestros límites, traiciones, negaciones… Está siempre dispuesto a «levantarnos», a abrirnos las puertas de su casa, a enviarnos al mundo entero, a pesar de nuestra edad, de nuestro cansancio y de nuestras desilusiones. Necesitamos recobrar esta confianza, intuir y experimentar, como Francisco, la presencia viva y paterna de Dios»1.

Como consagradas y consagrados, ¿cómo respondo a esta confianza que el Señor tiene en mí al recordarme hoy que también me ha confiado su misión a pesar de mi fragilidad? En el hoy de mi historia vocacional ¿Cómo está mi osadía y mi confianza en el Señor? Que nuestra vida consagrada recobre esta confianza experimentando la presencia viva y paterna de Dios; para ello es importante salir, ir por el mundo anunciando la Buena Noticia, porque sólo en el osar a movernos y salir al encuentro de los otros, es donde podremos conocer aquella necesidad la cual estamos llamados, como Jesús, a consolar, sanar y acompañar.

Hoy muchas veces la misión se ve amenazada ante la comodidad que presentan nuestras comunidades religiosas con sus estructuras físicas y mentales; dicha comodidad nos hace buscar seguridades que algunas veces, o muchas veces, nos alejan o nos hacen indiferentes de la realidad. Osemos en poner nuestra confianza en Jesús, como él lo tiene en nosotros a pesar de nuestra debilidad que hoy se traduce en el número de hermanos y hermanas que componen nuestros institutos, de la enfermedad, faltas de fe, desánimos, y tantas otras cosas más… Si osáramos poner la confianza en el Señor, sin duda podremos renovar con alegría nuestra pertenencia a Jesús, a la Iglesia y a nuestro carisma; de reavivar el don que el Señor ha puesto en mí, no para guardármelo sino para compartirlo; de salir al encuentro de tantos hoy que van fatigados y abatidos por el camino, como ovejas sin pastor y que tanto conmovió a nuestro maestro Jesús; pero por sobre todo, si osáramos poner nuestra confianza en Él, se disiparían nuestro miedos para intuir y experimentar la presencia viva y paterna de Dios en cada uno de nosotros.

Que nuestro osar misionero sea una oración viva para pedir al dueño de la mies: siga fecundando nuestros institutos religiosos con nuevos trabajadores para la cosecha que sobre todo hoy es muy abundante, para así dar gratuitamente lo que gratuitamente se nos ha dado, como nos dice Jesús.

Hermanos y Hermanas, que el Señor les conceda la paz.


[1] GIACOMO BINI, OFM., “La Orden hoy…” Reflexiones y Expectativas.  Roma. 2000.

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