sábado , 10 octubre 2026
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Comentario Evangelio 13 de Septiembre

Perdonar “Setenta veces siete” Para Recuperar el Don de Profecía
(Mt 18, 21-35)

Claudia Lazcano Cárcamo
Obispado de Rancagua

En este domingo XXIV del tiempo ordinario el Evangelista Mateo nos relata un hecho que viene a interpelarnos en cuanto a cómo pensamos los seres humanos y la hondura del amor de Dios hacia nosotros, sin distinción.

La conversación entre Pedro y Jesús comienza con una gran pregunta cargada de raciocinio humano: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?” Pedro cree ser suficientemente generoso al proponer el número siete, que ya simboliza la plenitud. Sin embargo, la respuesta de Jesús rompe cualquier cálculo de la razón: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Entonces hoy, la invitación es a detenernos de la vorágine con la cual la vida nos lleva. Revisarnos cultivando la esperanza; siempre es posible empezar de nuevo. Como Pedro, intentando comprender el camino que Jesús nos lleva a recorrer en la construcción del Reino.

Al mirar el Chile actual, esta parábola nos sacude con fuerza, quiere sacarnos de la inercia, la desidia y la alienación social con la cual nos relacionamos con nuestros entornos. Vivimos en una sociedad profundamente fragmentada, marcada por la desconfianza institucional, la polarización política, el temor ante la crisis de seguridad y las heridas históricas que aún no sanan. El ambiente social muchas veces respira lógicas de cancelación, dónde el error ajeno se castiga con la exclusión, y la violencia verbal, parece ser la única respuesta válida ante la diferencia.

El relato del siervo despiadado nos hace cuestionarnos directamente: porque ese hombre, a quien se le había perdonado una deuda gigantesca e impagable, sale a la calle y toma por el cuello a un compañero que le debe una miseria. ¿No nos parecemos a él cuando exigimos una justicia implacable para los demás mientras relativizamos nuestras propias faltas?

Al volver al evangelio de Mateo, se puede identificar la advertencia de Jesús; una comunidad que no cultiva la misericordia, terminará asfixiada en su propio egoísmo y resentimiento. Esto hace que el llamado a perdonar “setenta veces siete” no sea un llamado a la pasividad, si no que nos plantea desafíos urgentes para las comunidades religiosas.

Es necesario desempolvar el tesoro que nos ha sido confiado, no de forma mercantil sino encarnado; hablamos del testimonio profético. Ese que es reflejo de una vocación que se acrisola sacramentalmente y que su vida se revisa a la luz del evangelio, cultivando los valores del Reino. Esta es la frontera que hace la diferencia con las negociaciones falsas que la sociedad nos ofrece y que la comodidad de las estructuras eclesiales nos da. Manteniéndonos en seguridades que nos alejan de las acciones concretas del don que nos fue concedido. Y debiésemos poner atención en esta sutileza:  pasar del discípulo que pregunta para conocer lo que el Maestro quiere enseñarnos, a este siervo despiadado que no tiene misericordia con su prójimo. Jesús nos revela que el reino de los cielos opera bajo la dinámica de la gracia absoluta. Por tanto, revisarnos para ver cuánto hay del siervo en mí, es dar cara a lo que soy y la calidad de la respuesta que doy. ¿Cuánto es mi deuda con el Señor de mi vida? Él ya me perdonó por gracia y amor. ¿Qué haré con lo que otros adeudan en mi vida?

Entonces dar el paso de perdonar es la urgencia en el camino con Jesús, porque no se puede ser profeta hacia afuera, si la comunidad misma vive bajo dinámicas del cobro de deudas mutuas. Aquí es donde debemos ejercitarnos en el “setenta veces siete”. Esto amerita humildad, valentía, ánimo y fe arraigada en el corazón de Jesús, en su Palabra. Aquí es donde renovamos la capacidad de sanar las heridas internas, mediante el perdón cotidiano y real.

Perdonar setenta veces siete nos habla de un infinito, palpable en la entrega: frente a una cultura digital que multiplica las relaciones, pero aísla los corazones.  Las comunidades religiosas deben recuperar su don. Ser profetas, que creen espacios de presencialidad de escucha interna y ternura. La necesidad es combatir la soledad urbana abriendo las puertas para acoger al desvalido; como el Rey escucha a sus siervos que miraban con estupor la falta de empatía, y la ira descontrolada con su compañero.

Al alinearnos y reconfigurarnos al querer de Dios por sobre nuestras limitaciones, nos llevará a mejorar; los cambios que realicemos en nuestro testimonio y servicio, permitirán acompañar las comunidades pastorales, parroquiales y movimientos que transitan desde el refugio intramuros o zonas de confort hacia una pastoral en salida. El testimonio hoy se juega en la capacidad de estar en las periferias existenciales de nuestro país y en el sano ejercicio de sinodalidad en nuestros ambientes eclesiales, de manera de ser siervos y siervas fieles en la construcción del Reino que ya nos habita.

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