Sor Fabiola Parra FMSC
Evangelio según San Juan prosigue desplegando, con una profundidad única, las certezas de la gracia desde la atmósfera íntima de la Última Cena. Allí, Jesús se encuentra con aquellos a quienes ama y los prepara para el misterio de su Pasión y Ascensión.
Como comunidad de religiosas y religiosos, estamos habituados al milagro eucarístico que acompaña nuestra vida cotidiana. Sin embargo, muchas veces corremos el riesgo de acostumbrarnos a esta inmensa gracia, olvidando el santo temor y el asombro ante el don que se nos concede. Desde la primera palabra de Jesús, somos situados inevitablemente en un camino de conversión continua, respondiendo a aquello para lo que el Señor nos ha llamado: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”.
Solo por esto somos inmensamente deudores de su amor. Cristo, en su ternura de Mediador, se presenta ante el Padre para pedir por nosotros la promesa del Espíritu Santo, el Defensor, el Paráclito. No quiere abandonarnos a nuestra suerte; sabe bien que quienes ama son frágiles y pueden fallar. Por eso nos envía la fuerza de su Espíritu, que continúa haciéndose presente hasta hoy en cada altar eucarístico, en cada oración, en cada gesto fraterno, en toda obra de caridad y misericordia vivida entre nosotros. Allí donde un corazón humilde reconoce que sin Él nada puede, el Espíritu permanece actuando silenciosamente.
Él es el “Espíritu de la Verdad”, a quien el mundo no puede recibir porque permanece cegado, incapaz de verlo y conocerlo. Vivimos en medio de una realidad saturada de voces y ruidos que muchas veces nos apartan de la intimidad con Dios y amenazan también con invadir nuestro corazón.
Conmueve profundamente que, en medio de nuestra precariedad, Jesús afirme con certeza que lo conocemos, porque Él permanece en nosotros y estará siempre con nosotros. Su amor se manifiesta con fidelidad inquebrantable: “No los dejaré huérfanos”. Él nos comunica su propia Vida y vuelve continuamente hacia nosotros cada vez que el corazón contrito suplica: “Ven, oh Padre de los pobres; ven, luz profunda; ven, Dios espléndido”.
En esta pronta preparación para la súplica ardiente al Espíritu Vivificador, el Evangelio de Juan vuelve a colocarnos en la misma condición fundamental para habitar en la Trinidad de Dios: “Yo estoy con ustedes”. Y añade: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él”.
Deberán perdonarme estas palabras nacidas desde la fragilidad de lo que somos. Sin embargo, tengo la certeza de que somos profundamente amados por Él, y de que nuestra verdadera condición en el Espíritu nos hace comprender que solo Él puede sostener nuestras vidas.
Estamos llamados, como comunidad de hermanas y hermanos, a ser testimonio fraterno; a cultivar diálogos interiores sinceros que nos permitan reconocernos mutuamente como don de Dios, para así ayudar también a otros a caminar en la fatiga diaria de recomenzar una y otra vez.
Porque Él continúa amándonos y permanece entre nosotros, podemos acoger a quienes encontramos en el camino, sabiendo que todos somos hermanos, ya que nuestra fuente es el Santo Espíritu de Cristo Resucitado. Es Él quien nos reúne y nos hace ser plenamente Iglesia.

