H. Alejandra Cortez
Religiosas de María Inmaculada
Un episodio como éste, recogido en los 4 Evangelios, y narrado por Juan de una manera mucho más gráfica, tiene un simbolismo potente que va a la raíz del sentido de nuestro seguimiento.
Todos nosotros, iniciamos este camino, ilusionados con la vida religiosa, como un modo concreto de vivir la fe, dentro un carisma particular que nos permitía expresar el amor y el servicio a ejemplo de Jesús, que se ofrece sin condiciones. Así fue cuando comenzamos, en la mayoría de los casos, sin embargo; la experiencia nos muestra que, si bien, muchos de nosotros continuamos apostando por un seguimiento total y entregado, también, con el tiempo, se empieza a nublar el camino, o incluso, a veces, se fisura o directamente se rompe la ilusión, cuando contrastamos el ideal con la realidad de nuestras congregaciones.
De las crisis se puede salir más sabios y lograr sobreponerse en un seguimiento más comprometido con el Señor, pero sabemos que también es posible encerrarnos y acomodarnos, pactar con prácticas insanas, perder el sentido o el norte de nuestra opción primera y ponerle cerrojos a la profecía…Me pregunto qué ocurriría si Jesús viene a visitar nuestras comunidades: ¿Vería en nosotros religiosos que se actualizan para llevar a la sociedad un mensaje vivo, o vería religiosos anquilosados en formas y maneras que ya no dicen nada al mundo de hoy?¿Vería en nosotros profetas valientes que denuncian las injusticias y se juegan la vida por los más vulnerables, o tal vez, hombres y mujeres acomodados en sus casas sin dar ninguna lucha, callados ante el dolor de otros, evitando “entrar en conflictos” porque es menos peligroso?¿Vería en nosotros servidores fieles o personas apegadas al poder y a los roles?
Imagino que hoy, en pleno siglo XXI, si Jesús pudiera decirnos lo que ve de nosotros(igualmente creo que lo dice en las voces de la gente, y en la lectura de los signos de los tiempos), seguramente se alegría de ver que muchos de nosotros, a pesar de los vaivenes de la historia, continuamos creyendo en este proyecto que abrazamos y amamos hace unos cuantos años, pero también, en algunos casos, tomaría esa misma cuerda y volcaría las mesas de la injusticia, el acomodo, la falta de profecía, el afán de poder, la manipulación y los abusos, que siguen existiendo dentro de nuestras congregaciones. Pese a ello, también creo que este Señor, capaz de violentarse ante todo lo que no condice con el Evangelio, puede dar vida a nuestros “templos” institucionales, levantándonos de las caídas, y dándonos vida de resucitados.
Jesús es quien puede revestir de carne y espíritu lo que en nosotros y en nuestras congregaciones, está desprovisto de vigor, porque tener fijos los ojos en él es simplemente lo que nos salva. Confiamos en que Dios sople con su Espíritu desde los cuatro vientos, y reviva todo aquello que hoy está seco y sin vida:” Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré” (cf. Ez 37,14).

