Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios (Mt 14, 22-33)
Hna. Ana Luisa Sanhueza, HdM
El evangelista Mateo, en XIX domingo del tiempo ordinario, nos presenta a Jesús acompañando el crecimiento y madurez en la fe de sus discípulos. Este relato es antesala del ministerio de evangelización que tendrán que llevar adelante siendo testigos creíbles de los misterios del Reino con su propia vida.
El texto comienza después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús pide a sus discípulos que suban a la barca y se dirijan a la otra orilla, mientras él se retira a orar a la montaña. Durante la noche, el viento y las olas sacuden la barca con violencia, y los discípulos presa del miedo y la desconfianza, sienten que todo se hunde.
Pedro, impulsado por la fe, intenta caminar hacia Él, pero al dejarse dominar por el miedo comienza a hundirse y clama: “Señor, sálvame”. Jesús lo toma de la mano y le reprocha: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”. Al subir ambos a la barca, el viento se calma y los discípulos proclaman: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios” (Mt 14, 33).
Este pasaje refleja la vida de la Iglesia y, en particular, la vida consagrada. Hoy también enfrentamos tempestades: la disminución de vocaciones, el envejecimiento de comunidades, la incertidumbre del futuro, el cierre de obras, entre otras. La barca parece frágil y amenazada. Sin embargo, la Palabra nos recuerda que Jesús camina sobre las aguas y sostiene nuestra historia y nos interpela igual que a Pedro: “Ánimo, Soy Yo, No teman”. Mt 14, 27. Esta sola frase, encierra en si misma todo un camino e itinerario formativo para los seguidores de Jesús. Porque no hay espacio para la duda y el temor cuando es Jesús quien camina sobre las aguas, quien calma la tempestad, quien tiene el control sobre todo lo creado.
Caminar con Jesús implica necesariamente mirarlo a Él, depositar en él toda nuestra confianza; se trata de reconocerlo como quien es en verdad, el hijo de Dios, y este reconocerlo y rendirse ante su presencia en las tribulaciones de la vida, en los miedos, angustias, temores, fracasos, en las desesperanzas, desilusiones, tristezas, desolaciones y tempestades propias del seguimiento; implica además, mirarlo en los momentos de consuelo y gozo pleno que pareciera que se toca el cielo con mano, esta actitud creyente hace que los seguidores de Jesús sean hoy testigos creíbles en la manifestación de una fe sólida y arraigada en convicciones evangélicas.
La invitación es clara: mirarlo a Él, confiar en Él, reconocerlo como el Hijo de Dios. La fe sólida y arraigada en Jesucristo no se derrumba ante las tormentas, sino que se convierte en testimonio creíble de esperanza y fidelidad. Por consiguiente, la intención profunda del texto es cultivar una vida de oración y confianza en Cristo, único sostén en las dificultades y en los momentos de gozo. Quien deposita en Dios su confianza no queda defraudado, porque Él tiene poder para apaciguar las tempestades externas y las tormentas interiores de nuestro corazón.
Y tú ¿Qué haces en momentos de miedo, duda o desconfianza? ¿Miras las olas o fijas tu mirada en Jesús, el Hijo de Dios?

