Lourdes López, fmm
Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. (Rm 5, 5).
Este domingo, el Evangelio nos presenta el gran tema del Encuentro; y nos lleva a re-cordar, a pasar por el corazón, aquellos encuentros que han transformado nuestra vida de una manera profunda.
Este pasaje, un poco largo, suscita en el corazón varios sentimientos; siendo testigos del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, podríamos situarnos en ambas realidades, la de Jesús y la de la mujer.
Sin embargo, algo que toca profundamente mi corazón en este momento es el regalo que la mujer recibe de narrar y resignificar su historia. El diálogo entre ambos se abre en la simplicidad de la vida y en una necesidad básica que Jesús expresa. Cómo soy consciente de mis propias necesidades? Cómo expreso mis necesidades?
Y ese diálogo abre la posibilidad a compartir la historia, las rupturas y heridas que esta mujer va cargando en su cuerpo y en su corazón. Jesús escucha con todo su ser; releyendo entre líneas aquello que la mujer no ha dicho. Tal vez como tantas cosas que llevamos guardadas en el corazón, muchas veces porque nuestro cuerpo ha decidido guardar en el fondo el recuerdo de algo muy doloroso o tal vez por el miedo a descubrir algo que aún no acepto y me causa vergüenza.
Y Jesús, permanece, en el silencio de la mujer, en sus palabras, en sus sentimientos. No escapa, no juzga… simplemente permanece y regala a la mujer la hermosa posibilidad de releer su vida y encontrar un nuevo significado en ella.
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»
El don de Dios: La vida en abundancia, la vida reconstruida y reconciliada en su amor incondicional que invita a la mujer y a cada uno/una de nosotras a salir de nuestra rutina y anunciar lo que el Señor ha revelado de mi historia.
El año pasado, como Iglesia Universal, vivimos el año de la esperanza, esa esperanza que no defrauda, que nos invita a anunciar al Resucitado. En este tiempo que pareciera que el mundo regresa al Viernes Santo, acabando con tantas vidas inocentes simplemente por el afán del poder.
Creo que aquí, en medio del sinsentido, la invitación profunda es abrir espacios donde cada quien pueda narrar su historia, una historia rota y redimida en Jesús, una historia que, compartida, se hace una historia de Salvación en la historia del mundo. Probablemente es un pequeño granito de arena, pero si verdaderamente somos capaces de releer nuestra historia, de compartirla y escuchar a quienes nos comparten la suya. Es solamente ahí donde podemos reconstruir nuestros corazones rotos y generar espacios donde la paz con justicia y dignidad sea posible.

