P. Juan Bustamante, odb
La semana pasada encontrábamos al Señor comiendo con uno de los jefes de los fariseos, invitándonos a no ocupar los primeros puestos y a actuar por pura gratuidad, sin esperar recompensa por nuestras obras. Vivir en todo momento y sólo para ver feliz a los que necesitan de tu ayuda y de tu servicio.
Hoy nos acompaña en la primera lectura la gran figura de Salomón, uno de los mejores reyes de la historia de Israel. Cuando se enfrenta con la difícil tarea de gobernar al pueblo, tiene la humildad suficiente para reconocer que es un hombre, como cualquier otro, y que tiene sus limitaciones. Sabe darse cuenta de que se puede equivocar en sus razonamientos y que las motivaciones, a la hora de tomar cualquier decisión, no siempre son claras y limpias. Y es consciente de que no puede hacer lo que le da la gana porque cree en Dios. Esto significa, por encima de todo, contar con Él en cada una de las decisiones que tenga que ir tomando o lo que es lo mismo: preguntarse continuamente cuál será la voluntad de Dios para él.
A buen seguro, el hombre se siente débil y frágil para llevar a cabo los planes de Dios. ¿cómo puedo conocer y realizar el deseo de Dios? “Qué hombre puede conocer los designios de Dios o hacerse una idea de lo que quiere el Señor?”, dice el libro de la Sabiduría. Sin embargo, el hombre creyente sabe que Dios le asistirá… con su gracia.
El hombre sabe que Dios le ha iluminado y guiado siempre con su sabiduría. Dios también nos puede asistir hoy. Por eso pedimos continuamente a Dios el don de la sabiduría: “envíala de los cielos”. Sabemos que esta oración es eficaz. La respuesta de Dios es segura: es la Encarnación, el descenso del Verbo al seno de la Virgen María. La Sabiduría se encarnó en la persona de Jesús, un rostro humano. Entró en nuestra historia, invitándonos a renunciar a todo para llegar a la plena unidad con Dios. Jesús es la Sabiduría dulce y luminosa que nos ha sido entregada desde lo alto.
En la segunda lectura nos encontramos a un Pablo anciano, en arresto domiciliario, ayudado por un esclavo que se ha fugado de casa de su amo, llamado Onésimo. A Pablo le viene estupendamente, han sintonizado bien y le ha llegado a tomar cariño… Pero Pablo se plantea delante de Dios qué es lo que tiene que hacer con aquel esclavo, qué es lo mejor para él y para su amo. Discierne, ora, y toma una decisión difícil, que le cuesta: desprenderse de él, devolverlo a casa y pedir a su dueño que lo trate de otra manera… Vemos, pues, a dos grandes personajes que se preguntan continuamente por la voluntad de Dios, que procuran meter los criterios de su fe en lo que deciden y hacen cada día.
Los cristianos rezamos con frecuencia el Padrenuestro, y decimos allí aquello de «hágase tu voluntad». Y admiramos a María de Nazaret, que fue capaz, después de escuchar la Palabra de Dios, de decir aquello de “hágase en mí según tu Palabra”. En nuestra época, es posible que tengamos que reconocer que nos preguntamos bien poco por la «voluntad de Dios» sobre nosotros. Y menos todavía la aplicamos sin condiciones…
Jesús exige para Él, por ser el Hijo de Dios, “todo el corazón, todas las fuerzas”. Nada puede oponerse a este amor… En el fondo, la sabiduría cristiana esta toda aquí: desvincularnos de todo lo que nos aleja o nos separa de Dios, para llegar a vivir nuestra vocación de discípulos.
Debemos preguntarnos si estamos dispuestos verdaderamente a abandonar todo y a esperar, con buen ánimo, toda la fuerza únicamente de Dios, dejando que sea él quien disponga de toda nuestra vida. Abandonar no significa huir a un desierto, sino, simplemente, soltar los dedos que están apegados a cualquier cosa que considero una «pertenencia», para ofrecerle todo al Señor. Por eso, los textos de este domingo nos ponen frente a un mismo tema: el abandono en Dios.
Con frecuencia nos preguntamos: ¿quién puede conocer la voluntad de Dios? o bien: ¿cómo podemos saber lo que Dios quiere de nosotros? Las lecturas de hoy nos dicen que sólo podemos conocer las intenciones de Dios si poseemos la sabiduría. Ahora bien, para poseer la sabiduría es preciso renunciar a todo para seguir a Jesús… Es preciso liberarnos, despojarnos, renunciar a todo lo que creíamos poseer, vender todo lo que tenemos, no llevar dinero con nosotros, no disponer ni siquiera de una piedra en la que reposar la cabeza, no encerrarnos en los vínculos familiares.
La garantía del discípulo consiste en ir a Jesús sin tener nada. La verdadera sabiduría consiste en no llevar ningún peso que nos impida la marcha tras Jesús. Dicho de manera positiva, se trata de llevar un único peso: la cruz de Jesús. Y el peso de la cruz es el peso de su amor. No se trata de hacer cálculos, de contar el número de piedras necesarias para construir la casa o el número de personas necesarias para la batalla. No es esa la intención del Señor. Ser discípulo significa preferir únicamente y siempre al Señor, o sea, elegirle de nuevo cada día y ofrecerle toda nuestra vida. El don de la sabiduría, que es algo que hemos de pedir constantemente al Señor, nos permite darnos por completo, con libertad y de una manera transparente a este amor, Quien ha sido vencido por este amor ya no tiene miedo de nada por parte de Dios. El amor vence todo temor. Ya nada nos podrá asustar.

