viernes , 17 julio 2026
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Comentario Evangelio 07 de Junio

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él”
Solemnidad del Corpus Christi

Marcelo Lamas, csv

En esta solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Iglesia nos invita a volver la mirada al centro de nuestra fe: Jesús que permanece con nosotros en la Eucaristía. No como un simple recuerdo del pasado, ni como una idea inspiradora, sino como una presencia real que sigue alimentando la vida de su pueblo.

En el Evangelio escuchamos palabras que siguen sorprendiendo hoy como sorprendieron a quienes las escucharon por primera vez: <<Yo soy el pan vivo bajado del cielo… El que come este pan vivirá para siempre>>. Muchos se escandalizaron porque entendieron que Jesús estaba hablando de algo demasiado complejo y difícil de asimilar. Y, en efecto, lo es. Jesús no ofrece solamente una enseñanza, una norma moral o un camino espiritual. Se ofrece a sí mismo. Él es el don y es también quien lo entrega.

La Eucaristía nos recuerda que Dios no ha querido quedarse lejos de la historia humana. El Hijo de Dios asumió nuestra carne, compartió nuestra condición y entregó su vida por amor. Y ese amor no terminó en la cruz. Sigue haciéndose presente cada vez que la comunidad se reúne para partir el pan y escuchar la Palabra.

Sin embargo, esta presencia requiere fe. No podemos verla con los ojos del cuerpo ni medirla como se mide cualquier realidad material. Creemos porque confiamos en la palabra de Jesús. Él nos dijo: <<Yo soy el Pan de Vida>>. Él nos dijo: <<Hagan esto en memoria mía>>. Él nos enseñó también que no solo de pan vive el ser humano, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Por eso, cuando participamos en la Eucaristía, no venimos solamente a cumplir un deber religioso. Venimos a encontrarnos con Cristo vivo. Venimos a alimentarnos de su manera de amar, de servir, de perdonar y de entregar la vida. Comulgar es mucho más que recibir algo sagrado; es permitir que Cristo transforme nuestro corazón para que vivamos cada vez más como Él.

Para nosotros, religiosos y religiosas, esta fiesta tiene una resonancia especial. Nuestra vocación nació de un encuentro con Cristo y se sostiene en ese encuentro. La Eucaristía es la fuente silenciosa de nuestra fidelidad. Cuando el cansancio aparece, cuando la misión se vuelve exigente o cuando experimentamos fragilidad, volvemos a la mesa del Señor para recordar quién nos llamó y para qué nos llamó.

Jesús sabe lo que ocurre cuando las personas se reúnen alrededor de una mesa. Allí se comparte la vida, se fortalecen los vínculos, se curan heridas y se renueva la esperanza. Por eso quiso reunir a su Iglesia en torno a la mesa eucarística. Allí aprendemos nuevamente a ser hermanos y hermanas. Allí descubrimos que nadie puede caminar solo.

Y también aprendemos algo fundamental: a la Eucaristía no venimos solamente a recibir. Venimos a ofrecer. Junto al pan y el vino colocamos nuestras alegrías, nuestros trabajos, nuestras preocupaciones, nuestros proyectos y nuestras comunidades. Ofrecemos nuestra propia vida para que el Señor la transforme y la convierta en un instrumento de amor para los demás.

La Eucaristía nos impulsa siempre hacia la fraternidad. No podemos recibir el Cuerpo de Cristo y permanecer indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. El mismo Jesús que se nos entrega en el altar nos espera en los pobres, en los enfermos, en quienes se sienten solos, excluidos o desanimados. Una comunidad verdaderamente eucarística es una comunidad donde todos tienen un lugar y donde cada persona es acogida con dignidad y respeto.

Pidamos hoy al Señor la gracia de hacer de nuestra vida una prolongación de la Eucaristía. Que seamos personas agradecidas, capaces de perdonar y dialogar; personas entregadas a la misión y comprometidas con el bien común; personas que, alimentadas por Cristo, sepan llevar esperanza allí donde viven y sirven.

Que cada celebración eucarística nos ayude a parecernos un poco más a Jesús, para que, alimentados por el Pan de Vida, podamos convertirnos nosotros mismos en pan compartido para los demás.

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