viernes , 17 julio 2026
el viento

Comentario Evangelio 05 de Julio

Hermana Carmen Ñanco Riquelme
Misionera Catequista de Boroa

“Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré”

Este domingo, Jesús comienza su mensaje mostrando lo más propio de su ser: el agradecimiento. Esta es una actitud pura y natural de cualquier ser humano que reconoce cómo Dios va escribiendo en su historia, haciéndose presente para transformar su vida en una experiencia de salvación. De este reconocimiento brota la alabanza, tal como lo hace Jesús: ¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra! Dios, bendito y amado, no merece otra cosa que ser alabado y glorificado por tanta bondad derramada.

Sin embargo, surgen preguntas inevitables: ¿Cómo dar gracias en una sociedad tan apática?, ¿Cómo dar gracias ante la realidad que hemos visto en Venezuela?, ¿Cómo dar gracias cuando parece que ya no hay esperanza?

Ahí está, precisamente, la clave del Evangelio. Jesús da las gracias y las da por nosotros. Él sabe que somos débiles y que, debido a nuestras limitaciones, nos cuesta ver más allá. Por eso, nos invita a dar un paso adelante y nos dice: “Vengan a mí los que están cansados y agobiados”. Confiemos en Cristo. Aunque las adversidades sean difíciles, en Él encontramos nuestro descanso; Él es quien sostiene nuestra humanidad, quien nos carga y hace nuestro yugo más llevadero. Cristo ya nos salvó en la cruz, cuando nadie apostaba por nadie, justo cuando todos habían perdido la esperanza, porque aquel que debía salvarnos había muerto.

Ahí radica el misterio: debemos morir para encontrar la vida. Desde esa experiencia, seremos capaces de descubrir la bondad aún en una sociedad herida y la esperanza en un pueblo lastimado como el venezolano, al ver cómo tantos hombres y mujeres se dedican a ayudar a los demás. Es allí donde renace la necesidad de agradecer y de tener un corazón capaz de sintonizar con Jesús: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños”.

Si tú y yo, que hemos experimentado a un Dios infinito en bondad, logramos descubrir cómo el Señor se manifiesta en la humanidad para que volvamos la mirada hacia Él, entonces, al igual que en Jesús, brotará de nuestro corazón un sincero: ¡Gracias, Padre!

Gracias por tanto amor, por mirar nuestra realidad y, desde ahí, volver a llamar a tu pueblo que clama en su dolor, que está cansado y agobiado. En ese punto es donde Cristo nos rescata y nos devuelve la esperanza de volver a mirar y reconocer al Dios de un pueblo afligido; un Dios que hoy, nuevamente, se hace cargo de cada uno de sus hijos e hijas. Sin duda, Él cuenta contigo y conmigo. ¡Bendito Dios, que se ha dignado a mirarte, que sigue confiando en la humanidad, que conoce su creación y la ha sellado con una alianza eterna! Como dice el profeta: “Te he amado con amor eterno”. (Jr 31,3)

Ahora bien, ¿Cómo la vida religiosa responde a este llamado? Ser testimonios vivos del «Yugo Suave». En un mundo que agobia con la autoexigencia, el individualismo y la desesperanza, las comunidades religiosas están llamadas a ser oasis de descanso donde la gente herida, cansada del sistema o de la crisis, pueda llegar y experimentar que la carga se comparte.

Por tanto, cultivar ser una fraternidad sanadora que reconozca que antes de aliviar hacia afuera, el testimonio empieza dentro. Una comunidad que se cuida, que vive en misericordia y donde los hermanos o hermanas se sostienen mutuamente, es el signo más creíble de que el yugo de Cristo es llevadero. Para encarnar la «Compasión que Sostiene», la vida consagrada responde plantándose allí donde el dolor clama. No con respuestas teóricas, sino con la mística de los ojos abiertos y las manos dispuestas para la ayuda digna y fraterna. Muchas veces el mayor agobio de la humanidad actual es la profunda soledad. El ministerio de la escucha atenta y compasiva es una forma directa de cumplir el «vengan a mí y yo los aliviaré».

Mantener la profecía de la esperanza y la alabanza; ser la voz de los que no pueden rezar, de los que están demasiado cansados para dar las gracias. Llevar al sagrario el clamor del pueblo afligido y, a la vez, obligar al propio corazón a descubrir los pequeños brotes de resurrección que ya están ocurriendo en medio del dolor. Actualizar el misterio Pascual dejar caer las seguridades comunitarias o personales del pasado para que nazca la vida nueva que el Espíritu quiere regalar hoy a la Iglesia.

La vida consagrada responde hoy siendo el rostro abrazador de Jesús. Consiste en prestarle al Señor los pies para ir hacia el agobiado, las manos para sostener su cruz y el corazón para susurrarle al oído que, a pesar de todo, sigue siendo amado con un amor eterno.

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