“’Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”
Jasmin Lahsen, fdm
Secretaria Conferre
El texto de Juan 14:1-12, nos sitúa en el núcleo mismo de nuestra identidad: la mística del seguimiento como un camino de salida y revelación.
Jesús comienza desarmando la angustia, ese sentimiento que a veces nos embarga ante la fragilidad de las estructuras o la incertidumbre del futuro. Jesús nos invita a una confianza que no es pasiva, sino que se fundamenta en la certeza de que ya habitamos en el corazón de Dios, una «morada» que se ensancha para que nadie quede fuera.
Al responder a Tomás y Felipe, Jesús nos recuerda que nuestra misión no es señalar una dirección lejana, sino convertirnos nosotros/as mismos/as, a través de él, en camino, verdad y vida.
Esto significa que no seguimos una idea, sino a una Persona encarnada. La itinerancia a la que nos llama el horizonte inspirador de la CLAR se refleja en ese «Camino» que no busca seguridades, sino que se despliega en el encuentro con el otro/a.
Cuando Jesús le dice a Felipe que «quien lo ha visto a él ha visto al Padre», lanza un desafío directo a nuestras comunidades: estamos llamados/as a ser rostros visibles de la ternura de Dios. Si nuestra vida comunitaria no transparenta la misericordia del Padre, nuestro testimonio pierde su fuerza profética.
Finalmente, la promesa de realizar «obras mayores» nos impulsa a una creatividad audaz. No se trata de ostentar poder o grandes instituciones, sino de permitir que el Padre actúe a través de nosotros para sanar las heridas de un mundo roto.
En la escucha del Espíritu, como vida religiosa estamos llamadas/os a prolongar la obra de Jesús en las periferias, haciendo de la verdad un compromiso con la justicia y de la vida un don compartido.
Creer en Jesús es, en última instancia, atreverse a vivir con su misma libertad y entrega, confiando en que nuestra unión con él es la que fecunda cada uno de nuestros pasos en la historia.
Gracias, Señor, por salir al encuentro de nuestras angustias y por recordarnos que, en el cansancio de nuestra entrega, tú eres el hogar que siempre nos espera. Danos la humildad de Tomás para confesar nuestras dudas y la sencillez de Felipe para buscar tu rostro en lo cotidiano.
Te pedimos que nuestras comunidades religiosas no sean solo estructuras, sino espacios de puertas abiertas donde se respire tu confianza.
Ayúdanos a ser ese «camino» que se ensucia los pies en el barro de nuestras periferias, esa «verdad» que abraza con ternura la fragilidad humana y esa «vida» que se desgasta con alegría por el Reino.
Que al vernos caminar juntos/as, como hermanos y hermanas, el mundo pueda vislumbrar un destello del Padre.
Haz que nuestra unión contigo sea tan profunda que nuestras manos sean las tuyas para sanar, y nuestro corazón el tuyo para amar, haciendo de nuestra vida una «obra mayor» que anuncie que tú sigues vivo y presente entre nosotros. Amén.

