sábado , 24 enero 2026
el viento

Comentario Evangelio 02 de noviembre

Ramón Gutiérrez Pavez, asuncionista

Ayer cumplimos con una tarea, devoción o costumbre: Fuimos a las tumbas de nuestros familiares y amigos ya fallecidos, les colocamos flores, los adornamos, recordamos sus peripecias y rezamos por ellos.

Sabemos que sus cuerpos mortales están ahí, en esos lugares esperando la resurrección.

La vida consagrada y nuestra fe nos dan una gran fortaleza. Sabemos que vamos a resucitar, sabemos que la muerte no es el final sino solamente un paso. Misterioso, pero paso.

“Muchos judíos habían ido a la casa de Marta y de María para consolarlas por la muerte de su hermano”. Esta es la escena común cuando muere alguien en la familia. Llegan amistades, se conoce a parientes que viven lejos, hasta uno entra en dudas si esas personas vinieron por el mismo difunto o por otro… Empezamos a conocer otras facetas de nuestros familiares. Una lejana parienta nos relata historias que nunca imaginamos, el hermano nuestro le salvó la vida… ¡Oh!

El hermano de comunidad, siempre silencioso y sencillo, era la luz que iluminaba los días, meses y años de una persona encarcelada. ¡Yo no lo sabía! Se me desveló otro hermano.

Velando en la capilla de la casa a una hermana muy alegre y rezadora supimos que una joven madre con varios hijos, le llamaba mamita. Esa persona, con toda paz, dio su testimonio en el velorio: “Le digo mamita porque es mi mamá. Mi madre de sangre me ha contado que me iba a abortar y, se enteró de eso esta monja, mi mamita. Lanzó, la monja, sobre esta embarazada soltera y de buena familia lo mejor que tenía en su alma y le dijo a mi madre: ¡La tienes y me la entregas a mí! Yo la crío y la cuido. Esta guagua NO ES TUYA, es de Dios y ahora mía”. Y agregó, desde ahí fue la mejor amiga de mi madre y de mi padre y mi protectora. Yo crecí en un hogar feliz con papá y mamá.

Parecen historias sacadas de novelas, pero si las religiosas contaran sus ayudas, salvando vidas, la humanidad saltaría de emoción. Otro tanto han realizado religiosos en forma absolutamente legal y silenciosa.

Esta queja atraviesa siglos de la historia: “’Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”.

Lo extraordinario es que el Señor está siempre aquí, a mi lado, al lado tuyo. ¡Jamás nos abandona Dios!

“Dijo Jesús: ‘Yo soy la resurrección (y la vida). El que cree en mí, aunque muera, vivirá.

“El que vive, el que cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?’”

Desde que sentimos el llamado de Dios a la vida religiosa estamos escuchando esta pregunta afilada como navaja. La pregunta, para las hermanas y hermanos que llevamos años encima, se convierte cada vez más insistente y real. Se nos plantea en la intimidad de la oración personal, en la oración comunitaria, en el brutal encuentro con la realidad que nos rodea. Realidad sin colores definidos, pero delineada por lo que viven quienes nos rodean, los hombres y mujeres de hoy con sus dolores y esperanzas.  Ahí nos está preguntando el Señor.

Hombres y mujeres de fe, la vida consagrada se enfrenta hoy a desafíos muy fascinantes. Hay que optar “ya mismo”, “altiro”. O somos discípulos de esperanza y alegría o nos hundimos de golpe. Son tiempos de purificación y llamado renovado de Dios; por lo tanto, “creemos o no creemos” y se nos invita a renovar el entusiasmo de la primera hora de nuestro sí.

Es necesario como revitalización y testimonio.

Muchos conventos están quedando vacíos. ¡No hay que eliminarlos todos! Hay que disponer algunos para las vocaciones que Dios nos enviará. Recuerdo la fábula de aquel abad que lo primero que hizo, al ser elegido en su cargo, que se puso a pintar, hermosear y dejar muy confortable el noviciado…. ¡Años que no tenían novicios! Ni postulantes había en ese centenario monasterio. Fue tildado de loco ese abad. Pero, esa locura permitió la renovación de ese lugar santo porque llegaron muchas vocaciones y, yo me imagino, que tuvieron que fundar otro monasterio porque ahí ya no cabían.

Esa fe se nos pide.

También mucha astucia. Hay muchos hombres y mujeres jóvenes que dan vueltas buscando lugares mejores. Creen tener vocación y nosotros les creemos. Porque no nos damos el tiempo de acompañar bien. Para ser un buen formador o formadora se necesita ser buen religioso, buena religiosa. ¡Eso se nota con el ejemplo!

Si la vida consagrada vive y cree en Jesús, no morirá.

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