Hermana Teresa Figueroa Martínez
Carmelita Misionera

En este tiempo de Resurrección hemos visto cómo Jesús afianza en la fe a los discípulos y los va invitando a ser sus testigos.

Hoy nos encontramos con este relato donde en breves palabras les hace, podríamos así decirlo, una síntesis de lo vivido: El Mesías padecerá, resucitará al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Y añade,  “ustedes son testigos de esto”.  

Todo el contenido de nuestra fe. Una Fe que brota del encuentro con Él y compromete a anunciarlo. Y aún más la Promesa del Padre que les revestirá con la fuerza de lo alto. Les bendice y sube a los cielos. Los discípulos vuelven a Jerusalén con gran alegría y en el templo bendicen a Dios.

La fiesta de la Ascensión del Señor nos recuerda que la meta es el cielo y ella alimenta nuestra esperanza de participar también de la plenitud de vida junto a Dios. Por lo tanto, el cielo es estar perfectamente unidos a Dios por medio de Jesús.

La alegría que sienten los discípulos puede parecer una paradoja, ¿cómo están alegres si el Maestro se separa de ellos?  Pero ellos no se sienten solos porque entienden que Jesús está con ellos y siempre lo estará.  El encuentro que han tenido con su Maestro, los largos diálogos, momentos de intimidad, de conocimiento, les permite estar convencidos de esta gran Verdad y esperar la venida del Espíritu.

Los discípulos entenderán su misión, la salvación para todos, siendo Cristo el gran Mediador ante el Padre.

Nosotros también hemos hecho este proceso de encuentro íntimo con Jesús, de conocerle a Él, su proyecto de Reino, largos diálogos a través de la oración, de la Palabra, de la Eucaristía, de la vida y cabe preguntarnos ¿estamos alegres?  ¿Estamos convencidos, convencidas de que Jesús es el Camino hacia el Padre y lo vivimos de esa manera? ¿Somos testigos, de un Dios liberador, acogedor? Nuestros ojos, miran a Jesús, pero ¿miran la realidad lo que pasa con la humanidad? ¿Hay un compromiso real, por el valor de la Vida, de la dignidad en el día a día?

Frente a todo esto podemos orar al Padre según la segunda lectura ef. 1,17-23: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos.”

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