La familia mercedaria conmemora hoy la fundación de la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced, nacida del impulso redentor de san Pedro Nolasco y de su compromiso con la liberación de los cautivos. A más de ocho siglos de aquel acontecimiento, la vocación mercedaria continúa invitando a vivir la caridad redentora allí donde la dignidad y la libertad de la persona se encuentran amenazadas.
Una historia nacida de la misericordia
Cada 10 de agosto, la Orden de la Merced vuelve su mirada hacia sus orígenes para celebrar con gratitud el acontecimiento que dio comienzo a una historia de redención, servicio y entrega que atraviesa los siglos.
La fundación de la Orden está estrechamente vinculada a la figura de san Pedro Nolasco, hombre profundamente conmovido ante la realidad de tantos cristianos que, durante la Edad Media, sufrían la cautividad. Frente a esa realidad, Nolasco no permaneció indiferente. Movido por la fe y por la caridad, dedicó sus bienes y sus esfuerzos al rescate de quienes habían perdido su libertad, llegando a poner su propia vida al servicio de los cautivos.
Cuando sus recursos se agotaron y ya no encontraba cómo continuar aquella obra, recurrió a la oración. En esa búsqueda confiada de Dios, la tradición mercedaria sitúa la experiencia de la Santísima Virgen María, quien habría manifestado a Pedro Nolasco el deseo de Dios de que se instituyera una Orden dedicada a la redención de los cautivos.
A partir de esta experiencia y con la colaboración de san Raimundo de Peñafort y del rey Jaime I de Aragón, se inicia el camino que conduciría a la fundación de la Orden de la Merced. El proyecto no sería simplemente la creación de una nueva institución religiosa, sino la configuración de una comunidad de hombres dispuestos a hacer de la libertad del hermano una causa propia.
Una fundación marcada por la entrega
Uno de los aspectos más significativos de los orígenes mercedarios es precisamente la radicalidad de esta entrega.
San Pedro Nolasco había comprendido que la caridad no podía limitarse a la compasión ante el sufrimiento ajeno. Era necesario comprometerse personalmente con quien sufría y estar dispuesto a entregar incluso la propia libertad por la libertad del hermano.
Ese espíritu quedó expresado en el cuarto voto que caracteriza a la Orden de la Merced: el compromiso de entregar la propia vida si fuera necesario para rescatar a aquellos que se encuentran en peligro de perder la fe y su libertad.
De este modo, la redención de cautivos se convirtió en el corazón de la identidad mercedaria. La experiencia de Pedro Nolasco se transformó en una misión compartida por una familia religiosa que, bajo el patrocinio de María de la Merced, ha procurado a lo largo de los siglos responder a las nuevas formas de cautividad presentes en la sociedad y en la Iglesia.
La tradición espiritual mercedaria contempla en esta historia una expresión concreta del misterio de la redención de Cristo. La cruz de Jesús, signo supremo de la entrega por la humanidad, encuentra en la acción redentora de la Orden una expresión histórica y concreta: salir al encuentro de quien está cautivo, acompañarlo, defender su dignidad y trabajar por su libertad.
«La religión protegiendo al desgraciado»
Al recordar los orígenes de la Orden, resulta especialmente significativa la reflexión del filósofo y teólogo español Jaime Balmes, quien, al referirse a las órdenes redentoras, destacó la belleza de una espiritualidad capaz de convertir la fe en respuesta concreta frente al sufrimiento humano.
Balmes presenta la obra de las órdenes redentoras como una manifestación de la religión que se acerca al desgraciado y se compromete con su liberación. En el caso de la Merced, esta intuición adquiere un rostro concreto en san Pedro Nolasco y en la obra que nació de su preocupación por los cautivos.
Más allá del modo en que cada persona pueda interpretar la experiencia de la aparición de María a san Pedro Nolasco, Balmes reconoce en aquella historia un elemento fundamental: la capacidad de la fe cristiana para suscitar obras concretas de caridad ante las situaciones de sufrimiento y opresión.
Y ese es, precisamente, uno de los rasgos que han marcado la historia mercedaria: una espiritualidad que no contempla la cautividad desde lejos, sino que se acerca a ella y busca caminos de liberación.
Una misión que continúa
Celebrar la fundación de la Orden no significa únicamente recordar un acontecimiento ocurrido hace más de ocho siglos. Para la familia mercedaria, esta fecha constituye también una oportunidad para preguntarse nuevamente por la fidelidad a la misión recibida.
Las formas de cautividad han cambiado. Junto a las situaciones históricas de esclavitud y cautiverio que dieron origen a la Orden, hoy existen nuevas realidades que atentan contra la libertad y la dignidad humana: la persecución religiosa, la trata de personas, las diversas formas de explotación, la violencia, la marginación, la pobreza, las adicciones, la exclusión social y tantas otras situaciones en las que la persona experimenta que su libertad y su dignidad se encuentran amenazadas.
Por eso, el carisma mercedario conserva plena vigencia. La pregunta que animó a san Pedro Nolasco continúa interpelando a sus hijos e hijas: ¿dónde están hoy los cautivos y qué podemos hacer por ellos?
La respuesta no puede reducirse a una mirada nostálgica sobre el pasado. La celebración del aniversario de la fundación invita a renovar la vocación redentora y a reconocer, en las realidades concretas de nuestro tiempo, aquellos lugares donde la presencia de la Iglesia está llamada a convertirse en cercanía, misericordia, defensa y esperanza.
En esta perspectiva se comprende también el compromiso que la Provincia Mercedaria de Chile procura desarrollar en comunión con toda la Orden y con la familia mercedaria. Las distintas iniciativas pastorales, sociales, formativas y solidarias buscan mantener vivo el dinamismo que nació con san Pedro Nolasco: reconocer al hermano que sufre y ponerse a su servicio.
Bajo el patrocinio de María de la Merced
Desde sus orígenes, la Orden se encuentra profundamente vinculada a la Santísima Virgen María. Ella es venerada por los mercedarios como Madre de la Merced, protectora e inspiradora de la misión redentora.
La presencia de María en la espiritualidad mercedaria recuerda que toda auténtica obra de liberación nace de la escucha de Dios y conduce al encuentro con el hermano. María, mujer atenta a las necesidades de los demás, permanece como modelo de una Iglesia capaz de escuchar el clamor de quienes sufren y de responder con misericordia.
Por ello, al celebrar este nuevo aniversario, la familia mercedaria vuelve a poner su historia y su misión bajo el amparo de María de la Merced, pidiendo que ella continúe acompañando a la Orden en su servicio a quienes necesitan experimentar la libertad, la dignidad y la esperanza que brotan del Evangelio.
Una memoria que se convierte en compromiso
El 10 de agosto es, por tanto, una fecha para agradecer. Agradecer por la vocación recibida, por la historia construida por generaciones de religiosos y laicos mercedarios, por quienes han entregado su vida al servicio de los cautivos y por todos aquellos que continúan haciendo presente hoy la caridad redentora.
Pero es también una fecha para renovar el compromiso, ya que la fundación de la Orden recuerda que la misericordia cristiana no es una actitud pasiva. Es una fuerza capaz de ponerse en camino, de asumir riesgos y de entregar la propia vida por la libertad de otro. Esa fue la intuición de Pedro Nolasco y ese continúa siendo el desafío de la familia mercedaria.
A más de ocho siglos de su fundación, la Orden de la Merced está llamada a seguir siendo signo de una Iglesia que no permanece indiferente ante las nuevas cautividades, sino que sale a su encuentro para anunciar y hacer presente la liberación de Cristo.
En este aniversario, la comunidad mercedaria de Chile se une a toda la Orden para dar gracias a Dios por el don del carisma redentor y pedir la gracia de vivirlo con renovada fidelidad.

