P. Eliseo sj

El padre Eliseo partió a la casa del padre a los 98 años de edad, 73 años en la Compañía de Jesús y 48 años de sacerdocio.

Informamos con profunda tristeza, que el pasado martes 23 de junio, falleció el P. Eliseo Órdenes SJ. en la enfermería de la Residencia San Ignacio.

El padre Eliseo tenía 98 años de edad al momento de su muerte, 73 años en la Compañía, a la que ingresó como hermano coadjutor,  y 48 años de sacerdocio, habiendo recibido la ordenación sacerdotal el 18 de diciembre de 1971. Hace ya varios días, su salud se fue debilitando, pero mantuvo siempre el ánimo y estuvo muy consciente de su partida.

Encomendemos al querido padre Eliseo en nuestras oraciones en agradecimiento por su vida y su entrega en la Compañía de Jesús.

Durante horas de esta tarde, será llevado al cementerio de la congregación en Padre Hurtado, donde tendrá una íntima y sencilla ceremonia de entierro encabezada por el provincial Gabriel Roblero, SJ.

Eliseo Órdenes, una vida de vocación sacerdotal

Cuando escuchaba que venía el “señor cura” a su pueblo, el padre Eliseo Órdenes buscaba su bien más preciado: una figura del Niño Jesús de Praga y corría a la casa de su hermana mayor a recibirlo. El pueblo de Polcura, en la provincia del Ñuble, era tan pequeño que no contaba con una iglesia. Por esa razón, una vez al año el sacerdote en misión llegaba a la casa de la hija mayor de la familia Órdenes, convertida en iglesia temporal. Por ahí rondaba el padre Eliseo, cuando era niño, hasta que el sacerdote se iba. Le gustaba estar cerca, ayudarlo, participar en las ceremonias, confesarse, recibir la comunión y pedirle que le bendijera su figurita de Jesús de Praga, cosa que él pacientemente hizo año tras año.

El padre Eliseo nació en una familia numerosa y humilde. Su madre, que era muy católica, logró trasmitir su amor por la Iglesia a sus 12 hijos, a punta de largos rosarios, en los que la familia compartía, bajo el sonido de las lluvias del sur. La importancia que el padre Órdenes daba a los espacios de oración y, sobre todo a la celebración de la Santa Misa, fueron delineando su inclinación hacia la vida religiosa desde temprana edad.

Había nacido casi ciego, al igual que una de sus hermanas. Sin embargo, tenía una visibilidad de 5% que le permitió aprender a leer, salir a cabalgar, ir a buscar leña, jugar y, en general, hacer todas las actividades propias de los niños de su pueblo, menos ir al colegio. Cuando cumplió los 14 años, la familia decidió llevarlo a Santiago para que se operara de la vista e ingresara a la escuela.

La operación salió mal y el padre Órdenes perdió la poca visión que tenía. Por esa razón, sus planes cambiaron y se quedó en Santiago, internado en una escuela especial para no videntes, llamada “Sociedad Santa Lucía”, a cargo de religiosas misioneras franciscanas. En ese colegio, el padre Órdenes podía asistir a misa todos los días, instancia que él especialmente valoraba.

Para ese entonces, ya sabía que quería dedicarse a la vida religiosa. Sin embargo, no sabía claramente a qué orden acercarse. Una de las monjas que le había tomado especial cariño le sugirió los capuchinos. Otra persona de crucial importancia en su juventud, el sacerdote diocesano Alfredo Martin, que se había convertido en su guía espiritual, le sugirió los mercedarios. Esta última opción atrajo bastante al padre Eliseo, pues como reconocía a menudo: “yo siempre fui amigo de la virgen”.

Una vez que terminó sus estudios, hizo exámenes libres en el Liceo Valentín Letelier y se unió a la Acción Católica donde conoció al padre Alberto Hurtado, quien fue su director espiritual y una influencia decisiva en su vida. En una de sus conversaciones, le contó que la Merced lo había aceptado para unirse como hermano de la orden, pese a su ceguera. Era de noche y, cuando se despidió, el padre Hurtado le dijo: “yo también he hablado en la Compañía y te recibirían ad esperimentum”.

El padre Órdenes tuvo que tomar una decisión importante. A los mercedarios, que conocía de hacía mayor tiempo, los intuía “más tiernos” por su cercanía a la Virgen. A los jesuitas los estaba recién conociendo. Sin embargo, algo lo hizo decidirse por los últimos. “Cuando se lo conté al padre Martin, él me dijo: ¿Qué te vas a ir a meter con esos pacos? -en referencia a fama de disciplina de la Compañía de Jesús-. Luego nos reímos juntos”, el padre Eliseo solía recordar con cariño esa frase, cuando evocaba el momento de su decisión.

Su labor como hermano jesuita en la compañía comenzó en abril de 1949. En un comienzo trabajó encuadernando libros en la biblioteca de Padre Hurtado. Sin embargo, al poco tiempo sintió una carencia. Tenía inquietud por el sacerdocio y así se lo contó a su superior de entonces, el padre Carlos Aldunate, quien le dijo en esa oportunidad: “en la Compañía ni pienses”.

Esta respuesta lapidaria no desanimó del todo al padre Órdenes, pues era feliz también sirviendo como hermano dentro de la Compañía de Jesús. Sin embargo, en su interior la idea persistía. “Como a nadie se le puede obligar a no pensar, yo seguí pensando. Yo tenía un sentido de rebeldía. Simplemente, era una inquietud en mi corazón y yo era honesto con ella”, decía al recordar su actitud en ese momento y con posterioridad. Lo importante para él era hacer lo que Dios quería y en su interior persistía la intuición de que podría prestar un servicio más útil siendo sacerdote.

Después de su oficio como encuadernador, le tocó fabricar escobas, más adelante canastos y luego tejer alfombras. Finalmente, estuvo seis años dirigiendo la panadería donde, junto con un ayudante, hacían el pan para el consumo interno de la casa de Padre Hurtado y de una escuela de religiosas que quedaba al frente.

Cada vez que cambiaba el Provincial, el padre Eliseo Órdenes le contaba de su inquietud. “Por un afán de honestidad más que de otra cosa”, decía y, aunque no le hacían mucho caso, nunca dejó de hacerlo.

Pasaron 20 años, cuando una mañana llegó el entonces padre rector de la casa de Padre Hurtado, Arturo Gaete y el padre José Aldunate, quien había sido designado como nuevo Provincial, a la puerta de su habitación. No se alcanzó ni a poner de pie. El padre Aldunate le preguntó: “¿Por qué tú quieres ser sacerdote?”. En ese momento contestó sin pensar una frase que le salió desde un lugar muy profundo y que recordaría hasta el final de sus días: “Porque la misa que yo diría no la va a decir nadie en el mundo”.

Los visitantes se fueron. A la semana siguiente lo llamaron y le dijeron que el padre Juan Lodo le iba a enseñar algunos rudimentos de Teología. Al final de ese año, le dijeron que iría a estudiar Teología a la Universidad Católica.

El tema de su tesis fue sobre discapacidad visual y sacerdocio. Para realizarla, entrevistó sacerdotes de todo el mundo, constatando que no se conocían casos similares al suyo. El más cercano era el de un sacerdote benedictino brasilero que había quedado ciego dos años antes de ordenarse, pero que había comenzado sus estudios siendo vidente. La tesis fue aprobada, llegó la autorización de Roma y el 18 de diciembre de 1971 fue ordenado sacerdote.

El padre Eliseo Órdenes amaba el ejercicio del sacerdocio: celebrar misas, confirmar, hacer misiones, aplicar los sacramentos. Todo ello era, para él, una fuente de felicidad muy grande. Fue capellán en varios conventos de religiosas. Sobre todo, sentía una conexión y fidelidad muy grande con la celebración de la misa. Por esa razón, nunca dejó de celebrarla. Ni siquiera la vez que estuvo hospitalizado, cuando siguió haciéndola desde su cama.

Durante más de 40 años estuvo trabajando en radio y siguió haciéndolo hasta el final. Más de 15 emisoras de Santiago, Valparaíso, San Antonio y Talagante dieron espacio a sus programas. En estos se dedicaba a difundir la palabra de Dios, a aplicar las escrituras de manera pertinente al acontecer diario y, por su puesto, a celebrar con cariño la Santa Misa.

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