¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?

Hno. Joaquín Blanco
Hermanos Menesianos

Evangelio Según San Juan 6, 24-35

Qué debemos hacer y vivir nosotros en este momento de la Iglesia en Chile, nos preguntamos.
En el diálogo entre los judíos y Jesús , Él mismo nos muestra cuál es el corazón del cristianismo: «la obra (¡en singular!) que Dios quiere es ésta: que crean en el que Él ha enviado».

Dios solo quiere que creamos en Jesucristo pues es el gran regalo que Él ha enviado al mundo. Esta es la única exigencia. En esto hemos de trabajar. Lo demás es secundario.

El Papa Francisco en su encuentro con los Obispos de Chile en Roma lo vuelve a recordar con claridad: “El origen de nuestros problemas es que Jesucristo no está en el centro”.

Como religiosos y religiosas necesitamos descubrir de nuevo que toda la fuerza y la originalidad de la Iglesia está en creer en Jesucristo y seguirlo. Necesitamos pasar de una Iglesia de “creencias” y “prácticas”, a una Iglesia de discípulos misioneros de Jesús.

Somos religiosos y religiosas llamados a ser testigos vivos del estilo de vida de Jesús. Aprender a ser discípulos ocupa toda nuestra vida. El único problema que tenemos es que Jesús no ocupe el centro de nuestras vidas, de nuestras conversaciones, de nuestras obras, de nuestros sueños, de nuestra proyección en la Iglesia.

Ser religioso o religiosa no consiste en primer lugar y ante todo “vivir de una determinada forma o realizar una determinada misión”. No. Nuestra identidad cristiana está en aprender a vivir un estilo de vida que nace de la relación viva y confiada en Jesús el Cristo. Nos vamos haciendo cristianos en la medida en que aprendemos a pensar, sentir, amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús.

Para nacer de nuevo como Iglesia, lo primero y fundamento de todo es “volver a Jesús”. Nuestra única oración es “ven Señor Jesús” y haz nueva nuestra existencia.

Con Él, seremos luz y fermento, levadura y semilla de Reino. Sin Él todo será volátil y nos convertiremos en sal insípida y fuego apagado.

Con Él, nuestra Iglesia será comunidad de amor, corazón de humanidad, entrañas de ternura. Sin Élla Iglesia será oscura sociedad manchada de clericalismo excluyente y de ambiciones inconfesables.

Con Él saldremos a las periferias existenciales siendo portadores de la Buena Noticia. Sin Él, todo quedará reducido a fuegos de artificio que deslumbran y engañan.

Con Él nuestras comunidades se construirán desde y por el amor gratuito, generoso y hasta crucificado. Sin Él, nuestra vida comunitaria adquirirá un ritmo cansino, aburrido e incapaz de atraer a nadie.

Con Él seremos Iglesia humilde y servidora, pobre y amante de los pobres. Sin Él, la Iglesia se convertirá en voz desconectada de las necesidades de la gente, palabrería perdida en el griterío de la sociedad.

Con Él nuestros rostros personales e institucionales se llenarán de alegría y gozo, signos de que el Reino ya llega. Sin Él los rostros adustos y tristones mostrarán una vida religiosa ensimismada y auto-referencial.

Con Él, nuestra pastoral vocacional será irradiación y atracción. Sin Él, nuestra pastoral vocacional quedará reducida a proyectos y planificaciones inútiles.

Nuestra única tarea, como religiosos y religiosas, en este momento eclesial y social que vivimos, es desear y permitir con todas nuestras fuerzas y obras concretas que Jesús sea en el centro de nuestras vidas personales y comunitaria. Nuestra “única obra” para los próximos años es “alimentarnos del Pan de vida que es Jesús” para que Él sea nuestro único Señor, nuestra única Esperanza, nuestra única Fuerza.

Ésta es la obra que el Espíritu quiere hacer en nosotros hoy.