La caravana que se reencuentra 

Lourdes López fmm
Franciscana Misionera de María
Actualmente viviendo  en Tunez

Evangelio Según San Lucas 2, 41-52

En estos últimos meses hemos escuchado sobre las caravanas migrantes que, abrazando a miles de personas, hacen su camino hacia los Estados Unidos, no ya por “el sueño americano” sino como la única manera de salvaguardar la vida.

Justo el 25 de diciembre, un pequeño guatemaleco de 8 años falleció en custodia de la policía migratoria; separado de sus padres, solo, en un país que no conoció, con personas que le resguardaban en detención, no que le cuidaban como un hijo.

El Evangelio de hoy, me hace pensar en este niño, en Jaqueline (quien también perdió la vida en condiciones similares hace 3 semanas); en sus familias y también en tantas familias que no buscan solamente “una vida mejor” sino que simplemente buscan vivir.

Y vuelvo la mirada a Chile, un país que recibe miles de personas, de distintos lugares; familias que dejan sus culturas y costumbres para poder iniciar una vida nueva, son familias enteras que tienen un acento diferente, que tienen un color de piel diferente, que incluso no hablan el mismo idioma; y sin embargo toman el riesgo de lo desconocido, se abren al desafío de recrearse en un nuevo espacio.

¿Cómo cuidamos a Jesús pequeño en medio de nuestras comunidades?

Y cuando digo Jesús pequeño no me refiero a los niños y niñas, sino a quienes viven en la indefensión de no tener a su familia cerca para preguntar cómo se cocina esto, o para llorar una pérdida, o para sentir la protección de un abrazo.

Tal vez hoy, más que nunca, nuestras comunidades están invitadas a “hacernos familia” de quienes no tiene familia, “hacernos familia” de quienes tienen costumbres, idioma, color diferente de lo nuestro y allí, en los pequeños gestos, reconocer la Presencia de un Dios que acompaña a su pueblo cuando sube a Jerusalén, cuando celebra, cuando llora, cuando canta…

Creo que allí podremos ir creciendo y guardando los regalos de Dios Misericordia en nuestro corazón.

Existe una dinámica profunda en el Ministerio pastoral de acoger que no tiene que ver solamente con asistir las necesidades básicas, sino que va más allá y que se va gestando en la escucha, en abrir el corazón y nuestros espacios a quienes llegan sin nada; en este sentido, también es vivir las pérdidas e igualmente celebrar juntos/juntas.

Pudiera ser como el ir tejiendo un cobertor; diferentes colores se entrelazan, sostenemos y somos sostenidos/as; acompañamos y somos acompañadas/os; porque finalmente, cada persona que llega a una nueva cultura tiene una riqueza en ella misma que puede contribuir a la recreación de algo nuevo.

Hay una canción chilena que siempre me ha gustado y que representa mucho de lo que Chile ha sido en mi experiencia: “Si vas para Chile”; allí mismo, el pueblo canta: “Y verás cómo quieren en Chile, al amigo cuando es forastero”; me parece que hoy, más que nunca, ante la respuesta política de las instancias de gobierno hacia la migración; nuestras comunidades religiosas han de asumir su rol profético en el “acoger a la viuda y al extranjero (al refugiado)… porque también ustedes fueron extranjeros” (cf. Lev. 14, 33-34).

“Fui extranjero y me acogiste…” (Mt. 25, 35)

¿Cuáles son las respuestas concretas que damos para acoger al pequeño de Nazaret en nuestros hermanos y hermanas?

Aquí percibo un llamado fuerte hacia la vida religiosa en Chile y en muchos lugares del mundo, a dejar las seguridades de los templos, de nuestras comunidades  y salir al encuentro, dejarnos tocar y transformar por quienes lo han dejado todo. Acoger y abrazar hoy al pequeño de Belén no es solamente dentro de un templo, sino que este abrazo en el templo, nos lleva a abrazar a quienes son extranjeros en medio nuestro.

La CONFERRE ha lanzado una iniciativa de trabajo intercongregacional en la comisión para Migrantes, como respuesta al pueblo migrante, ahora la respuesta es nuestra, de cada una y cada uno, pero también de cada comunidad y congregación religiosa.

Mirando hacia atrás, lo que ha significado este año, para nuestra Iglesia, para cada una y cada uno, no podemos menos que agradecer el sentirnos en este momento de incertidumbre y dolor que puede empezar a gestar, junto al Dios Encarnado en lo pequeño, un tiempo nuevo que nos haga salir y arriesgarnos, como nuestra pueblo migrante, confiando solamente que Dios nos acompaña.

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