el viento

Hno. Patricio Pino, fms
Hermanos Maristas

Tres veces aparece la palabra “sueño” o “sueños” en este texto del evangelio de la Fiesta de la Sagrada Familia. Y, curiosamente, no se refiere a esos sueños de futuro o de ideales grandes que solemos tener todos en algunas etapas de la vida en que tomamos decisiones fundamentales en nuestro camino, como independizarnos, o hacer un proyecto de pareja u otro estado de vida, o iniciar un emprendimiento importante. En el texto evangélico es más bien un Ángel que se aparece o que advierte en sueños, y sus advertencias son muy precisas y puntuales: huye, regresa, o evita Judea y vete a Galilea.

Y estos sueños, además, son muy efectivos y focalizados en el tiempo y el espacio: la primera vez, “José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto…”; la segunda vez, “José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel…”; y la tercera vez, José tuvo miedo y, advertido… “se retiró a la región de Galilea, donde se estableció…”. En clave dramática, el personaje principal es el Espíritu de Dios, que habla en sueños a través de su Ángel; el personaje visible en escena es José, que ejecuta en el acto lo que va comprendiendo de sus sueños; y el foco del drama está en el niño y su madre, que son conducidos y se dejan conducir. Y es un drama, porque hay fuerzas oscuras y negativas que se oponen con violencia e inhumanidad al acontecer de este relato salvador.

Es claro que la comunidad de Mateo nos quiere dar un mensaje vital que tiene varios matices que dicen relación con nuestro discipulado de hoy y de todos los tiempos. Y la Iglesia nos invita a entrar en este discernimiento, en la fiesta familiar de hoy, mostrándonos el drama de esta familia, culturalmente periférica, pero donde la acción misericordiosa de Dios que salva se manifiesta en la huida, el ocultamiento, la espera de tiempos oportunos, la evitación y el asentamiento en la periferia, de donde venía esta familia. Es una etapa del camino, y no menos importante que la vida pública y apostólica que tendrá después este niño, o que su pasión, muerte violenta y resurrección. Todo es salvación amorosa de este Dios amor.

Hacer el querer de Dios en nuestras vidas, tal como el Señor nos enseñó en el Padre Nuestro, sea en la vida personal, en un proyecto familiar o en una realidad comunitaria, implica un proceso de discernimiento y decisión que se da en la vida cotidiana, a través de señales espirituales encarnadas en lo nuestro de hoy. Este es también el pan de cada día que pedimos confiadamente al Señor, para vivir nuestro propio camino personal y comunitario: sentir nuestros sueños, leerlos con mirada de fe, y hacerles caso, pasando a la acción que nos invitan realizar. Es uno de los mensajes de la fiesta de hoy. Ya habrá tiempo para discernir otras etapas de nuestra vida: de anuncio, de pasión, de entregar la vida y de resucitar. Ahora se nos invita a acompañar el crecimiento frágil de la vida y el misterio de Dios en nuestra vida y en la de nuestros hermanos y hermanas en medio de la amenaza, de la migración forzada, de la evitación y del ocultamiento. Su Ángel nos advierte en sueños.

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