Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna

P. Eduardo Millán
Clérigos de San Viator

Evangelio según san Juan 6, 60-69

En tus años de vida religiosa, probablemente, en más de una ocasión has pensado igual que los discípulos del evangelio: “Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” No has abandonado al Señor, pero tal vez te has distanciado de él. El texto de este domingo es una buena ocasión para revisar tu seguimiento de Jesús: perseveras, pero ¿eres fiel? Porque no es lo mismo perseverancia que fidelidad.

El secreto para ser fiel es conservar, como un tesoro, lo primordial, aquello que un día te entusiasmó, te fascinó y te puso en camino. Mantener viva y encendida la pasión por Jesús y su evangelio.

Ser fiel a Jesús es superar la mediocridad, que te instala en la incoherencia; no caer en el tedio, que te hace como el agua: incoloro, inodoro e insípido.

Constantemente nos acechan, a ti y a mí, las tentaciones de la costumbre, la inercia, el individualismo, el profesionalismo, la superficialidad… Y todo eso nos lleva a calcular nuestra fidelidad a Dios.

Si la rutina que mata ha hecho nido en ti, si te faltan horizontes vitalizantes, si has reducido a cumplimientos la invitación radical de Jesús a su seguimiento… ¡es hora de remover las cenizas humeantes de tu corazón! ¡Es hora de reciclar las propias pobrezas! ¡Es hora de purificarte de todo lo que no sea vida consagrada ni te ayude a vivir consagradamente!
Despréndete de los discursos justificativos y autocomplacientes con el propio estilo de vida. Duda de lo que produce ansiedad o tristeza, de todo lo que no produzca gozo y humildad.

Como a sus apóstoles, Jesús te confía su secreto, su vida, antes que quehaceres. Espera de ti fe, no éxito; confianza, no eficacia; entrega, no resultados; pasión, no cumplimiento.

Es la belleza, más que la utilidad, la que te ayudará a ser fiel. Sí, la belleza de descubrir a Dios y querer regalarle la vida sólo por amor. La belleza que implica la pasión por las cosas de Dios. Es la experiencia de Dios –que no puede menos de producir alegría- lo decisivo en el seguimiento de Jesús.

Religioso, religiosa, vivir enraizado en la experiencia de Jesús, te lleva a vivir con el corazón encendido. Porque árboles y amores, mientras tengan raíces tendrán frutos y flores.

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