LA VIDA VISTA DESDE LA ESCALA DE LOS VALORES DE DIOS

Evangelio de Según San Mateo 4, 25 – 5, 12

Este domingo nos corresponde leer al evangelista Mateo. En su Evangelio, escrito para las comunidades de judíos convertidos de Galilea y Siria, Jesús es presentado como el nuevo Moisés, el nuevo legislador. En el AT, la Ley de Moisés fue codificada en cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Imitando el modelo antiguo, Mateo presenta la Nueva Ley en cinco grandes Sermones o discursos dispersos en el evangelio: a) el Sermón del Monte (Mt 5,1 a 7,29); b) el Sermón de la Misión (Mt 10,1-42); c) El Sermón de las Parábolas (Mt 13,1-52); d) el Sermón de la Comunidad (Mt 18,1-35); e) El Sermón del Reino (Mt 24,1 a 25,46).

Hoy nos corresponde leer y orar el Sermón del monte, precedido de una escena que condensa en muy pocas líneas toda la actividad de la vida pública de Jesús. En ella, Jesús recorre Galilea, la Galilea de los paganos, enseña en las sinagogas, proclama la buena noticia del Reino y sana todo tipo de enfermedades y dolencias. Su fama se difunde, le traen de todas partes numerosos enfermos a quienes sanaba y una gran multitud lo sigue.

Es una estampa que en muy pocas líneas perfila una primera imagen de la figura y la obra de Jesús. Ahí se nos señala lo que hizo Jesús a lo largo de su vida. Su misión fue predicar, enseñar, sanar, mostrar misericordia a raudales.

Inmediatamente después, entramos de lleno en el sermón de la montaña. Con la gente que le sigue, Jesús se sube a un monte y allí pronuncia el sermón de las bienaventuranzas. Aparece Jesús como el nuevo Moisés. Dice el Evangelio que se sentó, un gesto propio de autoridad. Se sienta en la cátedra del monte, como maestro de Israel y como maestro de los hombres en general. El monte hace alusión también al lugar de oración. La enseñanza que va a transmitir procede de su íntima relación con el Padre.

El sermón se va a transformar en la explicación programática del anuncio del Reino de los Cielos que Jesús viene proclamando desde que comenzó su vida pública.

Las bienaventuranzas son palabras de promesa que sirven al mismo tiempo como discernimiento de espíritus y que se convierten así en palabras orientadoras, sobre todo para quienes seguimos a Jesús y nos hemos convertido en su familia. Ven la vida desde la escala de valores de Dios, que es distinta de la del mundo. Tienen una perspectiva escatológica pues cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús, entonces vive con nuevos criterios y por lo mismo algo de lo que está por venir se hace presente ya.

Las bienaventuranzas nos plantean dónde se encuentra la real felicidad. Son exhortaciones que buscan proponer la felicidad que se alcanza llevando una vida de acuerdo con la sabiduría y con el cumplimiento de los mandatos de Dios.

Ellas expresan, también, lo que significa ser discípulo. Quien las ha practicado primero ha sido el mismo Cristo, por eso que son válidas para el discípulo. Son como una velada biografía interior de Jesús. Él, que no tiene donde reclinar la cabeza, es el auténtico pobre. Él, que puede decir de sí mismo,: Vengan a mí porque soy sencillo y humilde de corazón es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz, es aquel que sufre por amor de Dios.

Que este mismo Señor nos conceda la gracia de vivir de acuerdo a estas enseñanzas.

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