el viento

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino

Sandra Henríquez, CM

La primera paradoja que nos presenta la lectura viene dada por la figura contrastante de un Rey crucificado que se encuentra entre malhechores, experimentando el dolor físico y el espiritual del abandono, su reinado dista de lo que estamos acostumbrados a ver en los exponentes poderosos que se nos presentan en nuestro cotidiano vivir, un poder asociado al éxito, el lucro, la avaricia y el abuso. Jesús en cambio, nos ofrece, desde la cruz, los signos de una verdadera realeza.

Es el reconciliador universal, porque «en Él y por Él se ha reconciliado toda la creación» (2ª. lectura Col 1,12.), todo vuelve a su estado de origen, a la comunión primera ofrecida por el Padre y que Jesús a su vez le ofrece al ladrón. «Hoy estarás conmigo en el paraíso»

Es el pacificador, una paz ofrecida en medio de la violencia, la burla y la degradación de las autoridades, “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo”. ¿Cuál es esta paz? Es la de quien tiene el corazón, «quieto en su nido», libre, y cuya violencia no brota de un ego reivindicador narcisista sino de la compasión convulsionada por la indignidad en la que viven las personas, por eso el perdón ofrecido es comprensión del ser humano que muchas veces se ciega y “no sabe lo que hace”. Por eso su paz no es como la da el mundo, es compasión y su fruto es la justicia.

Es el nuevo pastor, que conoce desde el interior a sus ovejas y las atrae nombrándolas, porque en ese silvo suave las invita a compartir junto a Él la herencia  de pueblo ungido por el Espíritu y por lo mismo imagen de Dios y co-partícipes de su primogenitura en el amor.

Un pastor reconocido así por su pueblo puede, como el Rey David, ser jefe/servidor. (1ª. Lectura. 2S5,1-3)

Qué esperanzador es volver nuestra mirada a este Jesús y su reinado, en medio de los acontecimientos sociales que estamos viviendo como pueblo.  Si pudiéramos volver, como el pueblo de Israel nuestra mirada al ungido, podríamos reconocer en las víctimas y en los gritos de justicia ese derecho que tenemos por participación y primogenitura en el amor; podríamos en nuestra condición de ungidos saber que es nuestro deber elegir a ese pastor/ servicial que queremos nos dirija como nación, podríamos reconocer el HOY de su reinado cuando nos ofrece ese “paraíso” que no es el falso bienestar neoliberal, sino el construido por todos en la comunión que “reconcilia todos los seres haciendo la paz por la sangre de la cruz”  

“La paz es fruto de la justicia”

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