El Viento (2)

Palabras y Silencios

Hna. MaribelHna Maribel

 
 
 
 
 

Evangelio según San Marcos 9,30-37

Me llama la atención en este texto el juego que se establece entre los silencios  y la Palabra de Jesús “… no quería que nadie lo supiera porque enseñaba y les decía El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» y los silencios y palabras de los discípulos “…pero los discípulos no comprendían esto y les daba miedo preguntarle… No contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante…”  Me imagino la escena bíblica. Me resulta fácil ver a Jesús en silencio, buscando pasar desapercibido, queriendo anonimato y que nadie sepa de su presencia, pero a la vez con una claridad estremecedora en su enseñanza, con lucidez y precisión en su palabra. Me es muy fácil imaginar el grupo de sus discípulos, que no logran comprender lo que su maestro habla y hacen silencio, callando sus preguntas. Me lo imagino perplejos, sin posibilidad de entender tamaña verdad ¿qué? ¿Va a ser entregado? ¿Lo matarán? Sus oídos estaban tan llenos de ruidos, que ya no había posibilidad siquiera de escuchar eso de “después de su muerte, resucitará”. Su silencio nace del temor, no se atreven a hacerle preguntas porque no entienden y no entienden porque no hacen las preguntas. Quizás sean estos silencios poco “amigables” los que terminan minando y deforman los espacios de intimidad, esos humanos y necesarios espacios donde nos permitimos abrir el corazón y se comparten hondas verdades, esos espacios que hacen de cualquier lugar una oportunidad propicia de confidencia íntima. Quizás sean estos “silencios vacíos” poco “sonoros” los que nos llevan a la superficialidad, a “cambiar el tema”, a la palabra sin sentido o a la conversación fácil, al discutir y gastar energías, tiempo y palabras en temas superficiales, porque las grandezas, los reconocimientos, los privilegios o poderíos no son relevantes en quien ha sido llamado/a a ser discípulo/a.

Y me imagino la escena, estando ya en un lugar menos público y más íntimo, el calor hogareño de la casa. Allí nuevamente está Jesús, que a diferencia de ellos, les pregunta y confronta ¿qué discutían por el camino? Y los discípulos vuelven a callar ante la palabra de quien los interpela y confronta, ahora  con su propia verdad. Me imagino al Maestro haciendo silencio, un silencio sonoro y profundo porque ya conoce, sabe y entiende. No necesita respuestas. El silencio que brota del entendimiento y del conocimiento es clarividente, por  eso no hay palabra sino gesto y signo toma a un niño y lo abraza. Y para que no quede lugar a dudas, afirma y aclara “el que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a  mí”. Todo es claro y cierto.

Estos tiempos tan complejos nos obligan a evaluar nuestras palabras y nuestros silencios, no sólo en lo personal sino como comunidad y como VC. Existe una necesaria dinámica que debemos procurar cultivar entre lo que callamos y lo que decimos. Si mis silencios son libres, profundos, sonoros y me permiten callar para escuchar, entonces mis palabras tendrán la fuerza y la densidad elocuente. Si mis conversaciones y expresiones son claras, lucidas, veraces, si nacen del silencio que acoge y escucha, entonces generarán auténticas relaciones,  más humanas y comprometidas.

Decía el Papa Benedicto XVI en la XLVI Jornada Mundial de la Comunicaciones Sociales Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial».


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