Carlos Cano c.p.

Evangelio según San Juan  6, 41-51

San Juan nos ofrece una de las páginas más bellas del Evangelio en este pasaje del “Pan Vivo bajado del cielo”.  Se comprende la sorpresa, la incredulidad, el escándalo que produce esta enseñanza de Jesús en sus oyentes pues nadie hasta entonces habría pretendido una cosa semejante. “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo”, “el que come de este Pan vivirá para siempre”.  Es una locura, un disparate intelectual, un gesto pretencioso y soberbio, o un acto ridículo del despropósito.  Pero Jesús, habla con autoridad, con desconcertante serenidad y aplomo. No son afirmaciones para la galería, para regalar los oídos de sus seguidores, simplemente está revelando la Verdad escondida que el Padre quiere dar a conocer a través de su propio Hijo. Jesús es el verdadero y definitivo alimento del hombre.

Se trata de alimentarnos de Jesús, de descubrir en su persona el alimento que da vida al mundo y con el cual ya no se vuelve a tener hambre.  Evidentemente están más que justificadas las dudas y el asombro de aquellas gentes. Esto parece una antropofagia y por eso  no hay quien lo entienda, ni tiene cabida en ninguna cabeza. Esto sólo el Padre puede hacer que el corazón del hombre se adhiera a esta verdad y reconozca en Jesús el alimento divino, el maná bajado del cielo, que da vida al mundo. Se trat6a de alimentarnos de Jesús. Cómo será esto posible?

Lo decisivo es tener hambre.  El hombre tiene esa necesidad básica de comer todos los días. Necesita alimentar su cuerpo para vivir y no morir. Trabaja y lucha por su subsistencia y satisface su apetito cuando ha comido. Sin comida, desespera, enferma y muere. Comer es lo primero. Evidentemente Jesús, que multiplica los panes y los peces y da de comer a los hambrientos que se encuentra en el camino, no ofrece ni propone este alimento de su cuerpo para saciar el hambre natural y físico. Busca abrir el corazón de la persona a ese  otro hambre de vida, de felicidad, de amor, de bienestar que todo ser humano tiene en su ADN de creatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Todo ser humano busca estar bien, ser feliz, amar y ser amado, disfrutar, vivir en paz.  Ese es el apetito humano más profundo. Todo eso es lo que representa la persona de Jesús. Ese hambre de infinito que nadie lo puede saciar sino sólo Dios. Jesús se presenta a sí mismo como el alimento capaz de cubrir absolutamente esa necesidad de todo hombre. Esto supone creer en Jesús; supone tener fe.  Ese don gratuito de Dios. “Nadie puede venir a mi si el Padre no lo atrae”.

Cuando la persona da el paso a la fe y  entra en comunión con Jesús y reconoce en El al Dios vivo bajado del cielo, comienza una historia apasionante de comunión, de amor y de vida que el hombre no puede ni sospechar. Eso es lo que significa, que “quien como de este pan ya no vuelve a tener hambre”. La persona de Jesús plenifica las aspiraciones más exigentes del corazón humano que le llevan al creyente a alimentarse continuamente de Jesús y a participar en este banquete que llamamos Eucaristía. Jesús colma con creces todas sus aspiraciones, todos sus deseos de felicidad y ya no busca otros alimentos que, por muy sabrosos que sean, nunca te dejan saciado. Sin embargo, Jesús, sacia en plenitud. Se trata pues de alimentarnos de Jesús hasta convertirnos en su Cuerpo, como miembros suyos. Su Cuerpo, su Sangre, su Palabra, su Vida, su Amor, en una unión indestructible y feliz.  Se trata de vivir una nueva vida, más allá del cuerpo físico, más allá de las cosas de este mundo; es vivir en otra dimensión plenificante.

El signo sacramental por antonomasia de este alimento y comida es, sin duda,  la Eucaristía. “Tomen y coman…, tomen y beban”. Ese momento apasionante en el que Jesucristo se entrega por entero y nos sacia de su propia vida. La celebración Eucarística es la cumbre de la espiritualidad, es el centro de la vida de la Iglesia. Ahí se da el  ENCUENTRO con Jesús; la ESCUCHA de su Palabra; la ACCIÓN DE GRACIAS por el don de su Persona y la COMUNIÓN de su Cuerpo y de su Sangre. La Misa dominical es el momento sagrado donde se realiza la Vida Nueva que Jesús nos anuncia y nos ofrece. Es el encuentro con el Amor encarnado que nos llena de vida. Cualquier otra consideración de obligatoriedad y de precepto dominical, la reducen a una norma y a una ley que vacía de contenido la verdadera dimensión de este Divino Alimento y de este encuentro personal con el Amor de los amores.

Nuestro pueblo cristiano tiene que superar esa fase preceptual de la Misa para poder disfrutar y saborear el Misterio revelado de Jesús como Pan vivo bajado del cielo que se entrega y que se ofrece para que tengamos Vida abundante. La Eucaristía es misterio de Amor. No se puede encasillar en un precepto. La mayor experiencia de unión entre el hombre y Dios.

 

 

 

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