El Viento (2)

¿Qué tenemos que hacer? 

Hno. Joaquin BlancoHno. Joaquin Blanco, religioso Menesiano.
Religioso Menesiano

 
 
 
 

Evangelio según San Lucas 3, 11.12.14

Tres veces repite Lucas la misma pregunta formulada por “la gente”, por “unos publicanos” y por “unos militares”. No se preguntan lo que hay que pensar, ni siquiera lo que hay que creer. Es aleccionadora la actitud de las multitudes que escuchan al Bautista. Son hombres y mujeres que se atreven a enfrentarse a su propia verdad y están dispuestos a transformar sus vidas.

Hoy, por una parte, asistimos a un fenómeno bastante generalizado: se escuchan llamadas al cambio y a la conversión, a una nueva vida religiosa creativamente fiel, audazmente evangélica, pero ¿nos damos por aludidos?

 ¿Qué podemos hacer? Juan Bautista nos ofrece, con claridad y simplicidad, una respuesta decisiva, que nos pone a cada uno frente a nuestra propia verdad. No es fácil escuchar sus palabras sin sentir cierto malestar. Se necesita valor para acogerlas. Se necesita tiempo para dejarnos penetrar por ellas. Son palabras que, escuchadas con el corazón abierto, hacen sufrir. Ante ellas se termina nuestra falsa “buena voluntad” y se diluye nuestro sentimentalismo religioso. Nuestras protestas y gritos, discusiones y discernimientos, nuestros capítulos y documentos quedan reducidas, de pronto, a nada: “El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene…; no exijan  más de lo que tienen establecido…; no hagan  violencia a nadie, ni le saquen  dinero…”.

Quedarse en una búsqueda incesante, o contentarse con preguntar sin escuchar verdaderas respuestas, no es conversión. Las sencillas palabras del Bautista ponen el dedo en la llaga y nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias, la raíz de tantas  vidas de personas que no son auténticamente humanas,  está también en nuestro corazón. Nuestras  estructuras reflejan demasiado bien el espíritu que nos anima a cada uno. Y reproducen con mucha fidelidad la ambición, el egoísmo, la mediocridad  y la sed de poseer que hay en cada uno de nosotros. Es hora ya de “aventar la parva” (seleccionar o elegir), “reunir el trigo” (ir a lo medular y no andarse por las ramas) y “quemar la paja” (echar por la borda lo inservible o lo que nos inmoviliza).

 ¿Qué tenemos que hacer como vida consagrada?
Tomar conciencia de que hay valores que se erigen en absolutos entre nosotros: La búsqueda del dinero por encima de todo y a costa de todo. El exitismo entendido como “subir” en la sociedad, “tener más”, “ganar más”, ser los “primeros” personal, social, culturalmente forma parte del entramado de nuestra sociedad en todas las clases sociales.Y también en lo cotidiano de nuestra vida consagrada.

Y como consecuencia, los últimos, los que no logran entrar en esta dinámica idolátrica, los que quedan al margen de esta marea que parece moverlo  todo y transformarlo  todo,  se convierten en invisibles e inexistentes.

Reconozcamos que con frecuencia seguimos preocupados de  hacer muchas cosas, ocupados en muchas actividades pero no nos damos cuenta de que vivimos «cautivos de una religión burguesa» y en verdad nuestra vida consagrada “no escandaliza” a nadie.

Nuestro seguimiento de Jesús , tal como nosotros lo vivimos, no parece tener fuerza para transformar esta sociedad del tener y del aparentar. Al contrario, poco a poco pero de forma aparentemente inexorable, esta sociedad está desvirtuando lo mejor de la religión de Jesús, vaciando nuestro seguimiento de  Cristo de valores tan genuinos como la solidaridad, la defensa de los pobres, la gratuidad, la fraternidad, la entrega gratuita de la propia vida ,la compasión y la justicia.

¿Cómo reaccionar?  ¿Cómo ir a lo medular de nuestra vocación?  ¿Cómo quemar tanta paja inservible que nos inmoviliza? ¿Cómo recuperar la profecía de nuestra vida consagrada?

 Volver al evangelio “sin glosas”.  Buscar humildemente pero decididamente estructurar nuestras vidas personales, nuestras obras apostólicas, nuestras comunidades, nuestros estilos de  gobiernode forma que seamos en todo testigos de la “Buena  Noticia” que Juan anunciaba al pueblo.

La Buena Noticia no es que hay acciones correctas o incorrectas. Eso es viejo. La Buena Noticia no son los diez Mandamientos; eso también es viejo. La Buena Noticia no es que al final hay un juicio y que cada uno es responsable de sus obras. Eso pertenece al mundo de lo jurídico, aplicado a lo religioso.

La Buena Noticia del reino es otra manera de entender al ser humano y a Dios. La Buena Noticia es  ubicarnos respecto de todo lo humano de la forma propia y exclusivacomo Jesús lo hace.  Ante ella, lo de Juan está a la altura de las correas de las sandalias; es agua, comparada con el fuego del espíritu.

La Buena Noticia es liberadora: nos libera, ante todo, del temor de Dios. Dios no pesa como una amenaza. Podemos contar con Él. Es el que saca de la esclavitud, es el padre misericordioso del hijo perdido, es el pastor que busca la oveja extraviada…

Dios no es el que castiga al pecador, sino el que quita el pecado. No es el juez, es el médico. Mis pecados me echan a perder. Dios me salva de eso.

La Buena Noticia nos libera de la trivialidad de la vida. Nos libera de “tirar la vida”, de dejarnos fascinar por las pequeñas satisfacciones y la vida ya no sirve para nada. Hay un destino, hay un sentido, hay una tarea que hacer, que no está en sufrir y resignarse mirando a la vida eterna, sino en trabajar para construir el Reino, la humanidad soñada por Dios aquí y ahora. Para eso vino Jesús al mundo ¡para ser testigo de la verdad del ser humano: llamado a ser hijo e hija de Dios y hermano de todos!

Para eso existimos los religiosos y religiosas en la sociedad y en la Iglesia: ¡Para ser testigos de Jesús! ¡Para vivir como Él vivió! ¡Para mirar las personas, las situaciones, la realidad con los mismos ojos misericordiosos con que Él las mira!Somos religiosos y religiosas para dejar que el mismo Espíritu de Jesús haga  en  nosotros sus mismas obras:“Los ciegos ven, los tullidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia; y dichoso el que no se escandaliza de mí” (7,22-23).

Jesús en esta presentación para los discípulos de Juan no  menciona el pecado, ni la amenaza, ni nada que ellos “debieran” hacer… Jesús pone el acento en lo que Él mismo hace al servicio de los necesitados, y termina llamando “dichoso” a quien, en esa forma de ser y de hacer, es capaz de descubrir el “modo de ser” de Dios.

El centro de la predicación de Jesús no es el pecado del que convertirse, sino la buena noticia de un Dios que es derroche de amor gratuito e incondicional, de un Dios que es solo y siempre misericordia.

Por eso, en Jesús se nos muestra alguien que no va buscando pecadores que convertir, sino personas necesitadas a quienes ayudar. La diferencia es crucial y tendría que hacernos replantear sivamos por el mundo viendo pecados o atentos a las necesidades de las personas concretas.

Quien  pone su atención en los pecados  fácilmente se convierte  en juez  y termina dictando sentencia.Por el contrario, quien busca ayudar, se sitúa como servidor y vive la misericordia  y el perdón.

Una vez más, ¿qué debemos hacer en este momento de nuestra historia?

Confiar nuestra vida consagrada, incluido el futuro de la comunidad y de la Congregación, a la misericordia de Dios.Apostar efectivamente por el  estilo de Jesús colocando en medio de nuestra vida cotidiana a las personas concretas,  débiles y frágiles para entregarles la vida gratis  y sin límites.

Mirarnos en Juan Bautista tal como nos lo muestra el Evangelio: modelo de testimonio de Cristo; conuna fe pujante,austero, desinteresado, humilde y que: “Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él”.

Si así lo hacemos, la alegría a la que nos invita hoy  la liturgia se nos regalará  como don que nunca nadie nos podrá arrebatar.

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