Hna. Adela Reyes
Congregación Buen Pastor.

El evangelio de este día nos sitúa frente a un tema no menor que tuvo que enfrentar no sólo la Iglesia naciente, sino que sigue siendo hoy motivo de discusiones, reflexiones y gran diversidad de propuestas: el divorcio del matrimonio cristiano.

Apoyados en la doctrina del Nuevo Testamento, nos encontramos con pasajes al respecto en Marcos 10,2-16, cuyo texto leemos hoy, en Lc 16,18, en Mt 19,1-12 y 5,32, y en 1Cor 7,10-11. En Marcos y Lucas las palabras de Jesús plantean un no rotundo al divorcio, desde el ideal inicial de Dios. Sin embargo, al repasar los otros textos nos encontramos a una Iglesia que, confrontada con hechos reales que le salían al paso, se planteó al menos dos excepciones a la norma de la indisolubilidad del matrimonio: una, el caso de “porneia” (fornicación/infidelidad/adulterio) en los dos textos de Mateo; y dos, la “discordia” entre el cónyuge convertido y el cónyuge que permanecía pagano (“privilegio paulino”) en el texto de 1 Corintios. Y aunque no autorizan expresamente poder volver a casarse, tampoco lo excluyen expresamente.

Es importante tener en cuenta estos textos para comprender que no le fue ni le sigue siendo fácil a la Iglesia proceder pastoralmente en lo referente a la indisolubilidad del matrimonio, pues la realidad no siempre facilita el camino hacia el ideal recordado y mandado por Jesús, sobre todo en la versión de Marcos.

No era fácil la situación de la mujer respecto al hombre en el contexto del judaísmo que le tocó vivir a Jesús. El marido podía repudiar a su mujer, dejándola en condiciones muy difíciles, pero ella no podía proceder de la misma manera con su esposo. Por eso, ante la pregunta malintencionada de los fariseos, Jesús los remite a la voluntad inicial del Creador: “Él los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Sin entrar en discusiones de grupos, Jesús les recuerda la igualdad en dignidad de todo ser humano, superando así cualquier excusa que pretendiera mantener la hegemonía o dictadura del hombre sobre la mujer. Ninguno debe someter o dominar al otro. Así las cosas, el matrimonio o la relación de pareja querida por Dios, la máxima expresión del amor humano, consistirá en la mutua entrega de los cónyuges, sin imposición ni sumisión, libre y gratuitamente. Unidos de tal manera, “nada los puede separar”.   

Ahora bien, como sabemos y somos testigos que en la vida cotidiana hay muchas personas que, por diversas circunstancias, no han podido mantenerse en dicho ideal de matrimonio, al igual que la Iglesia naciente, estamos llamados a buscar continua y urgentemente estrategias pastorales que nos ayuden a mantener la fraternidad, apoyados en la caridad y la misericordia, que prevalecen siempre entre los ciudadanos del Reino anunciado por Jesús. Para ello, nos puede resultar de mucha utilidad la lectura y meditación del capítulo VIII de la Exhortacíón Apostólica Amoris Laetitia, del Papa Francisco.  

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