Jesús, que mi corazón esté cerca de ti

José María Arnaiz, sm
Marianista

Una vez más oramos, es decir escuchemos atentamente la Palabra y llevemos el evangelio a la vida hasta que ésta se confunda con él. La clave para comprender y vivir lo que pide el evangelio del Domingo XXII es ésta: un ritual religioso, político, deportivo, militar por sí solo no cambia a una persona. Atribuir a un ritual la transformación de un ser humano  y creer en su eficacia automática es pura magia. Nadie se hace mejor o peor por ejecutar escrupulosamente un determinado ceremonial, como un lavado de manos antes de comer. Jesús en este evangelio deja al descubierto el peligro de engaño que tiene la religión; no puede anteponerse el ritual a la ética, los labios al corazón. Porque la honradez, la bondad, la sinceridad,  la honestidad, la verdad, la belleza, la misericordia nacen del interior, del corazón. Jesús lo afirma rotundamente.

Por lo mismo, no hay auténtica conversión si no se da cambio de actitud, de conciencia y de corazón. Para lograrla hay que mirar la propia vida con la óptica de Jesús que conoce íntimamente la condición humana; con la mirada de Jesús que es la del Padre misericordioso. Jesús no solo no se escandaliza como los fariseos ni se contamina por la torpeza sino que la borra, cura lo herido, levanta lo caído, restaura lo resquebrajado, desata lo enmarañado; con delicadeza pone en su lugar lo desordenado. Gracias a Dios, esta mirada y acción misericordiosa y amable, que cura y salva,  él se la ha confiado a la Iglesia que la debe usar con todo ser humano. Jesús en este evangelio denuncia la hipocresía; palabra que proviene del griego y designa la máscara que en las obras teatrales sirve para representar a un personaje, no para serlo. Ellos, como buenos actores viven de apariencias y fijen ser lo que no son, haciéndose incapaces de transmitir el amor de Dios.  A Jesús no le interesan las exterioridades formales ni las apariencias porque son una auténtica máscara que cierra el camino de lo verdadero de cada persona, cierra la puerta del corazón y de la conciencia.

La invitación, una vez más es doble: a ser un buen pastor; no un fariseo de nuestros días que oprime la vida con los formalismos de la  ley y a orar: “Jesús que mi corazón esté cerca de ti”. Esa es nuestra súplica al hacer la lectura orante del evangelio de hoy. Para huir de una religión vacía Jesús pide a los discípulos de entonces y de ahora que cuidemos nuestro corazón. Cuidarlo para evitar que salgan de él perversiones y para conseguir que broten de nuestro interior grandes y buenos sentimientos. “Gracias, Jesús, quiero educar y cuidar mi interior porque es el lugar desde donde tú te entregas al mundo. Solo no puedo. Envía tu Espíritu. Que él me ayude y eduque a encarnar tu proyecto de amor para mi vida”.   

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