el viento

Verónica Santillán, ecj
Esclavas del Corazón de Jesús

Las  bienaventuranzas dichas por Jesús en su primera gran predicación,  son palabras que traslucen un programa de vida, de esperanza en primer lugar y llegan a resonar en nosotros consagrados como un cántico que nos acompaña en el caminar de la entrega.

Vemos que según el autor sagrado comienza este relato con palabras como : Dichosos , Felices , Bienaventurados que en el fondo tienden a lo mismo, a mostrar ese deseo tan profundo de plenitud que nosotros a veces podemos gustarlo en la respuestas a nuestras propias llamadas, lo cierto es que ese anhelo de felicidad impreso en nuestros corazones, es lo que nos lleva a buscar comprometernos con las realidades que reclaman justicia , paz, misericordia , verdad , consuelo , como luchas personales y comunitarias, donde nos jugamos con pasión por construir un mundo mejor y en comunión  con todos : con Dios, con los otros,  con la naturaleza, con nosotros mismos . Como nos recordó Francisco en su viaje a nuestras tierras: “Las bienaventuranzas nacen del corazón misericordioso que no se cansa de esperar. Y experimenta que la esperanza «es el nuevo día, la extirpación de una inmovilidad, el sacudimiento de una postración negativa» (Pablo Neruda, El habitante y su esperanza, 5)”.

De las nueve bienaventuranzas citada por Jesús,  me detengo  en una en particular: “Felices los de corazón puro, porque ellos verán a Dios”. Dos palabras se conjugan con la felicidad: pureza y corazón.

Una pureza que no viene desde fuera de la persona , de lo que llega a mí que puede contaminarme, como una pureza ritual ligada a la exterioridad,  se trata más bien de lo que toma mi corazón , de lo que lo atraviesa , de lo que provoca la conversión , la kénosis  y de  lo que sale de él , que no es responsabilidad de otros, sino mía, en la medida que doy lugar a ese proceso interior desde la docilidad y la apertura a su obra de en mí, dejándome moldear y renovar mi corazón que es el centro de los sentimientos, de los pensamientos y de las intenciones. Dejándome llevar a transitar por un camino de maduración que supone renuncia, sinceridad y valentía. Francisco les decía ya a los jóvenes de la XXX JMJ “Cada uno tiene que aprender a descubrir lo que puede “contaminar” su corazón, formarse una conciencia recta y sensible, capaz de «discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (Rm 12,2),  Si hemos de estar atentos y cuidar adecuadamente la creación, para que el aire, el agua, los alimentos no estén contaminados, mucho más tenemos que cuidar la pureza de lo más precioso que tenemos: nuestros corazones y nuestras relaciones. Esta “ecología humana” nos ayudará a respirar el aire puro que proviene de las cosas bellas, del amor verdadero, de la santidad”.   .

La promesa es ver a Dios…

Sin dudas en este tiempo de pandemia , los de corazón puro hicieron experiencia  de ver ese rostro de Dios: en los enfermos que estando lejos de su familiares tuvieron la presencia cercana de un funcionario de la salud a su lado; en los que pasando hambre se encontraron con las manos solidarias de alguien que hecho un alimento a la olla común y otra que hizo el milagro de la multiplicación , de un profesor que con sus ojos cansados se animó al desafío de dar a sus alumnos lo mejor de sí , su tiempo , su corazón, sus nuevos aprendizajes; de la alumna de 4° medio que renuncio a sus rituales escolares por ayudar a compañeras que sus padres perdieron sus trabajos; de hermanos de comunidad que se hicieron servidores de los suyos…y podemos seguir dando gracias por tantos que nos permitieron ver a Dios.

Cuantos rostros de Dios presentes, en este tiempo!!!!…una promesa visible para el de corazón puro.